La cúpula

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Podría fingir que esto es una entrada más, o que Stephen King no me interesa más que la Coca-Cola o hacer cola para ver algo de Marvel. Pero sacarlo de lo personal sería un error, al menos de entrada. Cuando tenía en torno a diecisiete años, hubo escritores que me impulsaron a escribir (y no es que empezara ya en aquel momento). Pero unos años antes de eso, tuvo que haber escritores que me animaran a leer. El primer libro que recuerdo haber elegido y leído por mi cuenta, que no fuera Deberes ni para contentar a ningún adulto, fue La estaca de Richard Laymon. Pero el autor que definitivamente me hizo Lector, fue Stephen King; empezando por Christine, y siguiendo por al menos una docena de libros más, todos devorados en aquella época.
Aquel momento de mi vida era una guerra entre el colegio (que intentaba con todas sus fuerzas que odiara la lectura y matar mi curiosidad natural) y los autores que leía con el único propósito de disfrutar y Descubrir.

Luego pasó una etapa de más de diez años de leer otras cosas. Ningún autor resiste el envite de insistencia lectora al que sometí a King, necesitaba otras cosas. Pero King seguía ahí, a veces estable y a veces borracho, a veces incluso convaleciente, como cuando le atropelló una furgoneta. Nada de todo eso le impidió continuar escribiendo.
Tarde o temprano yo volvería a él. A leer y a releer.
Hace poco me volví a leer Christine, y leí Carretera maldita. Aun teniendo ya cierto bagaje como lector, no tuve problemas para volver a disfrutar de la prosa de terror de Maine. Luego vi en Sant Jordi un ejemplar de segunda mano de La cúpula. Más de mil páginas. Una obra relativamente reciente, ambiciosa y reciente. Era un buen momento para comprobar si el mojo del maestro seguía intacto.

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La cúpula nos presenta a Chester’s Mill, una ciudad pequeña sobre la que un día, sin aviso de nadie, cae una barrera (una “cúpula”) que encaja perfectamente con el límite municipal, cercando el pueblo. Una barrera totalmente invisible, a través de la cual se puede hablar con normalidad, que deja atravesar el aire y el agua, aunque poco, y que nadie sabe a qué viene, quién la ha puesto ahí ni con qué propósito. La barrera se puede tocar, pero el primer contacto puede impresionar, y hace que exploten los aparatos electrónicos, incluidos los marca-pasos.
Etcétera.
El propio King, en un par de páginas a modo de epílogo, dice que hacía muchos años que tenía la idea de la novela en mente, concretamente desde 1976. Por aquel entonces no se atrevió a ir más allá de las primeras setenta páginas. Recuperó el proyecto un par de veces, pero se acobardó ante la complejidad del mismo, las implicaciones científicas, meteorológicas y etcétera que suponía la historia.
Finalmente, en 2009, el libro se publicó.

Muchas cosas me han llamado la atención de esta obra. La mayoría positivas (obviamente, si no no hubiera terminado las 1.131 páginas…), y otras que me han hecho arrugar un tanto la nariz.
Con estas cosas nunca se sabe. Lo digo porque los detalles que no me han gustado tanto, podrían ser resultado de una traducción menos trabajada de lo necesario. Pero me extrañaría, porque son tics que van apareciendo durante toda la novela. Detalles de estilo. Da la sensación de que King batalló con este libro tan duramente, que en algunos momentos sus ganas de avanzar le hacían descuidar un tanto la estética de la narración, hasta el punto de poner el piloto automático del escritor más artesano y menos florido. Esto en sí mismo no es necesariamente malo, pero como lector ferviente de King que he sido, sé que puede tener más estilo que aquí; King puede escribir más bonito que algunos tramos de esta novela, y también mejores diálogos. En algunos momentos, cuando intenta aliviar incluyendo notas de humor, resulta un tanto atonal. En otros momentos, parece estar narrando según su escaleta de acontecimientos, pero dejando demasiado de lado la forma en que los plasma.
Seguro que suena peor de lo que es, y sólo ha sido mi impresión, que quería compartir.
Por otro lado, el bueno, el libro tiene ideas jugosas, enormes, muy difíciles de llevar a cabo, y el autor las torea con habilidad, haciendo que nunca pierdas el interés por la historia, que no deja de ser una especie de cuento enorme, épico, plagado de personajes, y con algunas trazas de los mejores y peores comportamientos humanos. Cuando la gente del pueblo se ve encerrada, parecen amplificarse las cualidades y defectos de sus habitantes. Esto queda perfectamente reflejado. Todas las tramas dialogan perfectamente entre ellas, se suceden las tensiones, los momentos horribles y terroríficos, y también juega su carta lo sobrenatural, o lo desconocido, sin duda uno de los puntos fuertes de La cúpula.
Un puntazo es su tramo final, porque King sabe contestar muy bien a las preguntas que plantean sus ideas, por enormes y difíciles de manejar que sean. Y el modo en que lo hace aquí es perturbador y a su vez poético. Funciona, por decirlo así, tanto en lo material como en lo abstracto.
El mojo de King sigue intacto, y sin duda leer a King seguirá siendo parte de mi vida.
No dudéis si veis este tocho en alguna estantería, es largo pero estoy seguro que no os durará más de dos o tres semanas entre los dedos.

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El tito Stephen
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Luces de neón

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Podría intentar parecer original, o fingir alguna clase de ejercicio de honestidad o “academicismo”, y no mencionar al “Brat Pack” o a Easton Ellis al hablar de esta novela de Jay McInerney. Pero en mi caso concreto no sería original, ni sería en absoluto honesto, y jamás he querido (o necesitado) sonar como académico o crítico al uso alguno.
Jay McInerney, pues, formó parte de esa generación, de ese grupito de escritores que de algún modo revolucionó el panorama literario en los ochenta y noventa, y que capitaneó (probablemente no a su pesar) Bret Easton (Sinatra) Ellis, que comenzó a agrietarlo todo ya desde su primera, concisa y tóxica novela, Menos que cero.

Obviamente, como casi todo lo relacionado con etiquetas y “movimientos”, fue sobre todo un rollo mediático, pero a la vez puso en el mapa a ciertos nombres. Seguramente no hubiese sabido de esta novela corta de McInernery si nadie le hubiera ubicado en esa órbita.
No hubiera sabido de ella si no hubiese sido por American Psycho, de Ellis, que fue el libro que realmente partió en dos el panorama literario, fascinando y escandalizando por igual, y parece que incluso provocando una primera avanzadilla de la clase de moralistas y permanentemente ofendidos que tenemos ahora.

El título original de este libro es Bright Lights, Big City, y se publicó en 1984.
La temática no sirve para atraer a nadie muy apegado a las sinopsis, o que busque historias de grandes peripecias o fantasías.

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Esto venía con mi edición de Ediciones B

Aquí lo que tenemos es a un chaval de veinticuatro años que, en un corto periodo de tiempo, ve cómo su vida en Nueva York, en la cima del mundo, se empieza a derrumbar. Lo importante, como tan a menudo, es el tono. Esto no va de sacar las cosas de quicio o grandes giros dramáticos, sino de hacer algo interesante de verdad con eso que llaman Costumbrismo.
Así como Ellis optó por la estética más extrema y el Estilo para transmitir determinado grado de crítica social soterrada y desesperación, McInerney se muestra algo más clásico, aunque seguramente no menos extraño o parco para quienes no acostumbren a leer narrativas no tanto sujetas a la acción como a la abstracción más cerebral.
El libro no te salta al cuello. La acción transcurre de forma más o menos tranquila, y poco a poco vas conociendo el entorno y las circunstancias del personaje. Aquí nadie moraliza ni envía mensajes a los niños. Ni a los adultos. Los personajes se drogan con la misma naturalidad con la que comen o soportan la tormenta en el trabajo.
Aunque al principio pueda parecer que lees sobre nada, a medida que avances, verás que la novela tiene su propio color y propósito, aunque el color no sea primario, y el propósito tenga más que ver con los estímulos que a ti te lleguen, que con tesis cerrada alguna.

Me gusta mucho particularmente el modo en que se cierra la historia, de tal manera que casi se niega a sí misma como tal. Algo que no es nada raro en una novela, o mucho menos en un relato corto, pero que siempre deja al gran público extrañado y decepcionado en la butaca cuando eso pasa en una película.
Luces de neón es en gran medida, por tanto, una novela que profundiza gracias a su sencillez, y que llega porque no pretende ir a ningún lugar concreto, sino más bien contar tan sólo un pequeño tramo del viaje.

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Miradle, este tío cerró discotecas con Bret Easton Ellis

Frankenstein

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A lo largo de los años (o siglos), cuando una obra es tan importante – y digo importante, un punto de inflexión, una de esas obras que cambian la literatura y la ficción para siempre– cuando eso pasa, al leerla por fin te das cuenta de que la mayoría de adaptaciones y guiños a ella son caprichosos, no te dan una pista real de cómo es la novela, sino sólo de cómo es su envoltorio.
Ni tan siquiera la icónica imagen que tenemos todos de la criatura que crea el doctor Frankenstein, tiene mucho que ver con la descrita en el libro.

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Fotograma de “Dr Frankenstein”, de James Whale (1931)

No parece que a Mary Shelley le interesara demasiado escribir sobre monstruos. O al menos no tanto como escribir sobre la soledad, y sobre asuntos aún más complejos. Sobre la creación. Sobre responsabilizarte no sólo de lo que haces, sino de lo que “echas” al mundo, de lo que has querido hacer que nazca.
El monstruo ha acabado siendo el emblema pop. Pero evidentemente el doctor Frankenstein es quien nos conduce primero por su locura y pasión, y luego por su dolor, durante más de cuatrocientas páginas.

El potencial metafórico de todo esto no solo es evidente, sino múltiple. Puedes hacer mil paralelismos en base a las decisiones que toman los personajes y lo que pasa luego.
Tenemos aquí a alguien joven que quiere comerse el mundo, y que cuando ya tiene su instrumento para hacerlo, se da cuenta de que era menos importante su proyecto que las consecuencias de haber tenido éxito llevándolo a cabo.

Hay muchos doctores Frankenstein. La diferencia es que el del libro sí se arrepiente.
La mayoría de doctores Frankenstein, aunque vean que su creación está haciendo el Mal, repartiendo dolor y asesinando, se limitan a mirar hacia otro lado e intentar llevar las cuentas de las ganancias.

El doctor Frankenstein no sólo crea un ser vivo, sino que luego reniega de él, le comienza a parecer una mala idea, le comienza a asquear. El monstruo, paradójicamente, parece repugnar más incluso por el hecho de proyectar sentimientos y dejar clara su intención de ser feliz, aunque sea al margen de la sociedad, con una compañera de su misma “especie”, que le exigirá al doctor.
El aspecto exterior de la criatura, la negación del doctor, la repulsa de todo el mundo cuando ve su creación. Los viajes desesperados. Los actos terribles. Todo está narrado con el fluir del pensamiento, generalmente describiendo Sufrimiento.

La tragedia viene contextualizada en el viaje de un aventurero que, con una cuadrilla de marineros, intenta explorar el Polo Norte.
Allí, verá a una figura enorme a lo lejos, en un trineo tirado por perros. Y luego a un tipo que parece en las últimas, flotando sobre un pedazo de hielo.
Este tipo comienza a contar una historia.
La historia de Frankenstein, a día de hoy, parece más digerible gracias al estilo narrativo de la época (más denso, más “Shakespeariano”). Pero sigue siendo el relato de una tragedia; de una serie de tragedias.
Sigue funcionando como libro alucinado, como novela de monstruos, y esa seguramente es su magia. Nunca se acaba de definir. Siempre es fantasía y a la vez siempre es tragedia, realismo a su manera. Es gótico y es humano. Tiene lo peor del ser humano cuando se viene arriba y luego se desespera, y lo peor del monstruo cuando te pide ayuda, con su horrendo aspecto, y te dice que también siente cosas, que no está aquí sólo por el espectáculo.

Un libro maravilloso y a la vez terrible, nada complaciente, aunque de placentera lectura y narrativa.
No importa que creáis que conocéis la historia. Su esquema es lo de menos. Aquí lo que importa es, entre muchas otras cosas, cuántas formas hay de cagarla, y que el éxito y la pasión por lograrlo es una de ellas. La entrega del Doctor Frankenstein contrasta patéticamente con su negación posterior; y lo más terrorífico es que podamos sentir empatía por él.

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Mary W. Shelley

(Nota: Aunque este libro de 1818 ahora se encuentre por el título de Frankenstein, originalmente Shelley lo llamo Frankenstein o el moderno Prometeo, dejando claro que ya había referencias anteriores del concepto).

La mancha humana

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Otra no vez puedo evitar preguntarme qué reacción hubiera tenido la gente a una obra como esta, publicada en el 2000, si se hubiese publicado ahora.
Una obra que, entre otras cosas, reflexiona sobre la increíble estupidez y mezquindad que alberga una sociedad que se vuelca a la corrección política. Con tendencia a radicalizarse en el peor sentido posible (si es que hay uno bueno), con tendencia a dar por buena la elección de los culpables desde el momento en que se los señala.
Con tendencia a catalogar de homófobo, racista, fascista, comunista, terrorista, machista, o un largo etcétera, a cualquier pobre idiota al que se le ocurra soltar una ocurrencia, contar un mal chiste, hacer un gag cutre o llevar a cabo cualquier otro tipo de ficción más o menos gamberra.
Esta sociedad que está cada día hablando de lo absolutamente tontos que son los niños, por el medio de asegurar que se pueden volver acosadores si ven ‘Cincuenta sombras de Grey’, o unas tetas.
Esta sociedad que ya está confundiendo a todas horas abstracción con propaganda, ficción con política.
Han pasado diecisiete años desde la publicación de ‘La mancha humana’, lo que convierte a Roth en un visionario de la materia. Él habla de un país y un momento concretos, pero eso se ha extendido como una mancha de aceite, está ya por todas partes.
La generalización, ese ánimo de mucha gente por parecer buenos, tan buenos que o bien no abren la boca o bien lo hacen para ofenderse, para alertar sobre los peligros que nos acechan, que acechan a «nuestro hijos». Esa gente que –como aquel personaje de Los Simpson– no para de decir de un modo u otro: “¿Es que nadie va a pensar en los niños?, cuando sólo piensan en sí mismos.
Esa gente que, a base de insistencia, a base de volverse monotemáticos, algunos incluso volviéndose vendedores de libros temáticos y “activistas” digitales, consiguen más BANALIZAR los problemas –terribles problemas sociales– que ayudar a solucionarlos. Problemas ya apuntados, como la mala educación, el machismo, la homofobia y muchos otros. Terribles problemas, que mucha gente está usando, conformando a través de ellos identidades propias FALSAS, para proyectarse como ciudadanos analíticos y “de bien”.

Esa gente que, si te descuidas, al menor malentendido, puede destruir tu vida, tu mucha o poca reputación, con una demostración absolutamente salvaje de egoísmo e interés aún no catalogada.

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La novela, por otro lado, es cualquier cosa menos torpe, y tampoco fabrica bandos, ni narra con generalizaciones o lemas, ni dando por hecho que cualquier ser concienciado es sospechoso por defecto. Pero sí señala esa terrible certeza, la de que no todos los militantes para las buenas causas, son desinteresados. Claro que no todos lo son, el ser humano es capaz de cosas muchos peores. Pero la sensación que da, es que mucha gente no entiende lo real y nocivo que es eso. Lo increíblemente torpe y dañino que es ir por ahí catalogando a los demás a la más mínima, reduciéndolos a etiquetas odiosas, en muchos casos sin merecerlas; pero reduciéndolos, y olvidando que todos podemos ser culpables de ignorancia a veces en mayor o menor grado, pero no necesariamente de maldad o mala intención. Todos podemos ser malos creadores, malos humoristas, tener mal gusto a veces. Y eso no quiere decir que nadie esté intentando fomentar nada, y mucho menos que lo consiga.
Muchos nos sentamos a ver burradas en la tele desde muy críos, y JAMÁS mezclamos lo que pasaba en la pantalla con la realidad. SIEMPRE fuimos conscientes de lo que era ficción y lo que no.
Entre otras muchas cosas.

El personaje central de la novela, es profesor universitario, catedrático. Un día, ante la ausencia permanente de dos alumnos a los que él jamás ha visto en su clase, ni los conoce, ni sabe cómo son, dice lo siguiente:
“–¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?”
Una persona de gran reputación que ha reflotado la universidad en la que trabaja, entre muchas otras cosas, dice eso, sin saber que los alumnos eran negros, y a partir de ahí comienza un efecto dominó imparable de la ofensa. Incluso sus compañeros, a sabiendas de que él no tenía ninguna intención racista con ese comentario, se postulan en su contra. Nadie se atreve a defenderle
Esto se contextualiza, además, en el año del escándalo Clinton / Lewinski.
Esto, para mí, es lo más interesante. Cómo Roth no deja fuera de su discurso a nadie, ni a los conservadores ni a los supuestos progresistas e intelectuales.
La sociedad conservadora crucifica a Clinton, la comunidad universitaria, teóricamente moderna y abierta, acaba con la carrera (entre otras cosas, y muy graves) de Coleman Silk.

La mancha humana, tal y como yo lo veo, es una bomba para los tiempos que corren, en que no solo se ha asentado más que nunca una cultura de lo políticamente correcto, sino que además ya hay al menos una generación creciendo bajo su ala.
Vamos hacia delante y hacemos algunas cosas mejor, algunas para las que antes éramos más brutos. Pero eso no significa que la gente estúpida haya menguado en su porcentaje. Ellos siguen ahí, siguen malmetiendo, nos siguen confundiendo (o intentándolo). Siguen jodiendo, y están por todas partes, hay un porcentaje de ellos en TODOS los colectivos.

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El tito Roth

Johnny cogió su fusil

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Hay libros que llegan al mundo como un misil teledirigido. Clásicos sólo por méritos propios, que al leerlos piensas “claro, lógico”, y a la vez te preguntas cómo demonios se abrieron paso.
Lo cierto es que ‘Johnny cogió su fusil’ enseguida cuajó como artefacto antibelicista; tanto que el libro estuvo distribuyéndose y retirándose del mercado según si acababa una guerra o comenzaba otra.
Este es otro libro (la edición de El Aleph) con prefacio interesante. Prefacios, de hecho, uno escrito en 1959, y otro coincidente con la guerra de Vietnam. El libro se publicó mucho antes, en 1939, tiempos un pelín convulsos.

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Trumbo deja al personaje principal sin brazos, piernas, boca, nariz y ojos. Y también sordo.
El protagonista es un trozo de carne en una cama de hospital. Un solado de veinte años que aún no había comenzado a vivir. No solo es un inválido, claro, sino que además no tiene idea del tiempo ni de nada de lo que le rodea más allá de vibraciones y golpes. Es un vivo muerto, o un muerto vivo. Alguien que está incomunicado, pero no como un preso en una celda, sino preso en su propio cuerpo, en su propia cabeza.
Lo fácil con un material así hubiese sido lanzarse a los brazos de la tragedia, del drama, y también hubiese sido tremendamente absurdo.
No es el caso.

Trumbo se basó en la historia de un oficial británico que quedó totalmente desfigurado en la Primera Guerra Mundial.
Todo lo que rodea a este libro es tan interesante como el propio libro, así que no dudéis en investigar.

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Yo no tengo ni idea de moda. Pero como cualquiera, sé que hay gente, personas, que son capaces de echarse encima cualquier trapito, y hacer que luzca. Personas que, por un motivo u otro, tienen estilo.
La decisión de estilo más importante que toma Trumbo a la hora de narrar esta historia, es no incluir una sola coma. No hay comas. Te pasas tres páginas buscando inconscientemente comas con los ojos, o incluyéndolas con la mente para completar las frases. En determinado momento te das cuenta de que no es que estés ante una traducción chapucera, porque en realidad no lo es, y porque entiendes todo lo que lees, aun sin comas. Podrías incluirlas si quisieras (si fueses un talibán de la gramática), pero el texto está narrado de tal forma, que no hace falta.
Te das un paseo por Google y enseguida ves que no, que el libro nunca tuvo comas.
Trumbo decidió, para contar la historia de un amputado ciego e incomunicado en general, amputarle también las comas a su texto.
Como siempre, al final lo importante es el resultado.
Cualquiera diría que quitándole las comas a un texto, el libro ganará en angustia, se volverá incluso mucho más frío y seco que si su narrativa fuese al uso.
En realidad, creo que, al amputar la comas, Trumbo más bien busca transmitir una idea de Flujo de Pensamiento. Porque pensamiento es lo único que tiene el protagonista. Tanto es así, que aunque el libro no esté narrado en primera persona, da esa sensación, porque siempre estás ahí, metido en la cabeza del soldado, sabiendo del mundo exterior sólo por sus cavilaciones, y obviamente conociendo fases de su vida a través de flashbacks. Flashbacks que son básicamente historias de infancia y adolescencia, que es lo único que ha tenido el protagonista, antes de que fuera reclutado.

A veces comparto fotos, fragmentos del libro en cuestión, pero si me pusiera con este, el post se eternizaría, y acabaría incurriendo en spoiler; no tanto por desvelar nada (la gracia del libro no está ahí), como por acumulación.

Es importante recalcar que el texto logra transmitir gravedad y cabreo, pero no amargura. Por decirlo así. No es una obra que te vaya a la yugular, no va a intentar hacerte saltar las lágrimas de puro horror o pena. Sólo hacerte pensar; y en algunos momentos emocionarte.
Toda la pereza que pueda darles a muchos lectores ante una sinopsis semejante, sería nada más que prejuicio, ya que si el libro tiene un prospósito claro, más allá de la denuncia, es el de evitar el sensacionalismo, los derrumbes llorosos, y la acumulación de finales tristes.

‘Johnny cogió su fusil’ elige el tema de la muerte –en sus distintas formas– para hablar sobre la vida, sobre vivir y no hacer caso a los señores (ese tipo de señores que siempre están ahí), que te dicen que tiene sentido ser patriota, que tiene sentido luchar por una bandera o un país entero, o que hasta tiene sentido morir por algo. Este libro habla de que en la vida no se plantean situaciones en las que dar la vida (o partes de tu cuerpo) tenga sentido; eso siempre está relacionado con intereses políticos, con intereses de terceros. Los jóvenes llevan muriendo o quedando lisiados en guerras desde que nos arrastramos fuera del agua. Mueren millones de jóvenes para que los cuatro señores de turno, y luego sus hijos, y los hijos de los hijos, puedan hacer sus negocios. Y nada más que para eso.
Este libro no pretende moralizar, sino describir una obviedad que no tanta gente entiende, la obviedad sobre lo tontos que somos respecto a ciertos asuntos, sobre la estúpida forma de pensar que tenemos, queriendo abarcar bastos territorios con nuestra dignidad de segunda mano, y pensando que podemos luchar por mantener democracias o derrocar imperios malvados, cuando lo único que podemos hacer y controlar es nuestra VIDA, la cual no podemos dejar que nos las arrebaten tramposos, patriotas de pacotilla, políticos e hijos de puta.

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Dalton Trumbo fue perseguido por comunista (¿os extraña?)

Fundación

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Cuando leo ciertos clásicos, siempre me cuesta volver a entender por qué la gente lee novedades.
No había leído nada de Asimov, existía para mí como un ruido de fondo (uno más). Sí había visto alguna adaptación al cine (que quede claro que eso NO cuenta, nunca). Conocía la saga Fundación, conocía Yo, robot, había oído recitar muchas veces sus leyes de la robótica, y, en resumen, se trataba para mí de uno de esos autores eternamente pendientes.
Lo he dicho más de una vez; si hay algo que me jode de la muerte, es todos los libros que conozco y me atraen que me quedarán por leer.
A su vez, una de las pocas cosas que, acompañadas de un mínimo criterio personal, siempre dan sumo placer (que no se deterioran, ni envejecen, ni se corrompen, etc.) mientras estás vivo, es la lectura.
De modo que como aún no he muerto, ya era hora de leer a Asimov.
Fundación, como ya he dejado caer, es una saga de varios libros. Pero este blog no tiene vocación de folleto informativo, de modo que no voy a hacer como que lo sé todo sobre ella. Este blog está para despertar la curiosidad, y además sólo he leído la primera novela.
Intentar suscitar curiosidad respecto a un libro tan laureado, tan respetado, y seguramente también tan rodeado de prejuicios y clichés, gilipolleces y teorías, es cualquier cosa menos fácil.

Debo decir que también tenía mi propio vago prejuicio sobre Asimov. No era un prejuicio negativo, siempre me ha despertado curiosidad, pero era prejuicio al fin y al cabo. Pensaba que su tono sería algo más ligero que el de otros autores de género (siempre me viene a la mente Arthur C. Clarke); esto no significa que no esperara algo sofisticado y brillante. Pero es cierto que hasta cierto punto esperaba algo bastante distinto a lo que me he encontrado.
Es sofisticado y es brillante, pero en absoluto ligero o facilón para el lector.
Este primer tomo de Fundación es muchas cosas (tantas que seguramente hay libros escritos sobre él y sus hermanos), pero lo que es también, es casi doscientas cincuenta páginas de lo que podríamos llamar Ciencia ficción política especulativa.

La sinopsis de base es delirante. Quiere abarcar tanto, que pensar en la sola idea de cómo demonios se las arregló el autor para enfocar esto, hace que me maree y me caiga redondo al suelo.
No quiero alargarme con ello, ni mucho menos destripar. Sólo algunos conceptos: Imperio Galáctico, millones de mundos habitados por humanos, un planeta llamado Trántor como centro neurálgico. Y un hombre (más bien una deidad), que a través de una ciencia llamada psicohistoria, vaticina una crisis del imperio a quinientos años vista, tras lo cual vendrían treinta mil años de anarquía, ETCÉTERA.

Queda claro que el autor tenía deberes que hacer. Es interesante hablar de su enfoque estructural, ya que es una forma de ubicar al lector, y avisarle de que aquí nadie ha intentado abarcar más de lo que podía.
Esto es así de chungo. Asimov no sólo plantea así el tablero de juego, sino que además sabe aterrizar todo eso, y servírtelo sin que el relato parezca precipitado, tramposo, o un galimatías imposible.
A un nivel superficial, se podría decir que funciona como un libro de intriga. Los tejemanejes de los personajes y cómo de centrados o perdidos están en semejante Universo, ya es razón de sobras para seguir la lectura con atención.
Pero obviamente la capacidad de evocación y pegada que tiene el libro, es mucho más que eso, es paralizante.
El autor mezcla literalmente ciencia, religión y política igual que un tipo te hace malabares antes de que se ponga el semáforo en verde.
Este primer libro está dividido en cinco segmentos. Lógicamente –y aun sin ser un tomo particularmente grueso–, hay espectaculares saltos temporales (y en el espacio, ya de paso), que permiten al autor avanzar con esta locura.

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Lo alucinante es que, aun dejando personajes atrás e iniciando subsiguientes capítulos con otros muy distintos, aun cambiando el entorno, aun quemando etapas como las quema, no tienes la sensación de que nadie se esté quitando faena de encima. El relato no se resiente. Sólo crece, se ramifica, se vuelve cada vez más complejo. Cada vez hay más variantes. Y sin embargo, siempre haces pie. Aunque en ciertos momentos puedas sentirte un poco a la zaga, enseguida te vuelves a ubicar.

Lo único frustrante en todo esto, es que uno quisiera tener un tomo que reuniese toda la saga, para devorarla y no tener que buscar los demás libros a cuenta gotas. Es algo que siempre me ha crispado un poco con la Fantasía y la Ciencia ficción, esa tendencia a fraccionar, a las largas esperas (que se lo digan a los lectores de George R. R. Martin…), a las sagas que aspiran a parecer enciclopedias en tu estantería.

Da igual. Sé que continuaré con Asimov (a no mucho tardar, supongo), pero con permiso del genio, ahora pasaré a otra cosa; siempre habrá tiempo (si no muero mañana…)

Respetad a Hari Seldon; él ya conocía nuestra crisis.

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Orgullo y prejuicio

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Como cualquiera que haya leído algo más que la lista de la compra, conocía a Jane Austen.
De esa forma en que muchos han visto “pelis de Stephen King” pero no han abierto jamás un libro de Stephen King, yo había visto pelis de Jane Austen.
Como no creo en esa especie de doctrina popular basada en la culpabilidad, que parece decir que si no has hecho lo que sea antes de los treinta, ya no puedes hacerlo, he leído ‘Orgullo y prejuicio’.
No sólo lo he leído ahora, sino que estoy bastante seguro de que ahora era un buen momento. Mejor que a mis veinte, seguro.

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Adaptación al cine de Joe Wright (2005)

Era conocedor de la estética y las maneras, de los entornos y el modo de expresarse de los personajes. Lo que más me atraía de leer a Austen, era ver cómo el libro se dejaba abordar, si era particularmente denso o por el contrario más ligero de lo que cabría esperar.
No es ni una cosa ni otra. La edición de bolsillo tiene casi quinientas páginas; a razón de un buen rato de lectura diara, me ha llevado unas dos semanas.
Su narrativa se pone en pie y te alerta nada más comenzar, y esa sensación se estabiliza, y no te abandona hasta que el libro acaba.
No es como leer cualquier novedad, tienes que poner un punto más de atención. Esto no deja de ser cierta clase de literatura decimonónica.
Austen tenía apenas veinte años cuando escribió el libro, que publicó, parece ser, por cuenta propia.
Es impresionante sobre todo teniendo en cuenta la clase de bisturí emocional que maneja, y también hasta cierto punto la mala leche de algunos personajes, ya sea por cómo son o por cómo están retratados. No sería tonto pensar que Austen no se limitaba a ficcionar.
Un buen ejemplo de la acidez no tan comentada de Austen, es cómo se expresa el patriarca de la familia protagonista (algo no exclusivo de él), que no duda en decir en voz alta quiénes de sus hijas le gustan más, cuáles le parecen más tontas o listas, cuales más guapas o feas, y quiénes no tienen remedio (su mujer incluida).

Para la época que por defecto retrata, la desgracia de la familia Bennet es haber tenido nada menos que cinco niñas. Ningún varón. Lo cual resulta inconveniente para la linea de sucesión. Los bienes del patriarca no pueden ir cuando muera a su mujer o sus hijas, sino forzosamente a otro varón de la familia.
Por otro lado, la gran obsesión de la madre de las chicas, es encontrarles marido; lo cual creo es lo que todo el mundo conoce del universo ‘Orgullo y prejuicio’, y lo que da pie a Austen para levantar su catedral a la Psicología de personajes, y cómo se relacionan entre ellos.

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Serie de la BBC (1995)

La pareja que forman la icónica Elizabeth y el mítico señor Darcy, es un canto seminal de Austen a las complicaciones amorosas, y el aviso quizá más importante de la historia de la Literatura sobre lo poco fiables que son las primeras impresiones.
Aunque hay otros episodios muy interesantes (aquí no hay paja), todo parece estar ahí para contemporizar la relación central, que obviamente comienza presentándose como un imposible.

A medida que te sumerges en la lectura, cuando ya te has hecho a las formas y puedes avanzar sin necesidad de releer ciertos párrafos, te das cuenta de qué clase de magnetismo tiene lo que hace Austen. Austen, estando lejos de crear personalidades planas o arquetipos, es capaz de hacer que odies con todas tus fuerzas ciertos personajes, lo cual a la larga hace que también les cojas cierto cariño, porque están vivos. Los personajes más odiosos (puede que la madre de las chicas y el señor Collins, primo que ha de heredar la casa cuando el patriarca muera), funcionan como contrapeso y a la vez obstáculo para…
Y aquí es donde podría comenzar a teorizar y dar mis propias (e irrelevantes para el contexto) razones sobre por qué el relato va por donde va, o qué personajes son los realmente más importantes, profundos o relevantes.
Esta es otra cosa, y quizá la más llamativa de Austen, la capacidad para generar reflexión y debate, lo que la convierte probablemente en la precursora más importante de los clubs de lectura. (Y aquí que cada cual decida si eso ha sido algo bueno o malo…).

‘Orgullo y prejuicio’, pues, se puede leer con más de treinta años, se puede disfrutar, y hasta uno puede intentar sumarse a la legión de “austenitas” que lo han leído todo de la autora, y que no sueñan sólo con naves ardiendo más allá Orión, sino también con interminables prados verdes brillando a mediodía más allá de Longbourn.