Los detectives salvajes

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Imposible hacer justicia a lo que significa (o está significando) para mí este libro. Ni lo voy a intentar, sólo dejaré una líneas por aquí, con la esperanza, como siempre, de que alguien más se anime a leerlo.
Hace más o menos un año que lo leí por primera vez. Este año, por las mismas fechas, me vino a la mente con una fuerza inusitada (porque obviamente nunca se había ido). Bien entrada la primavera pensé que hacía un año que había leído Los detectives salvajes. Casi nunca recuerdo (ni me interesan) los cumpleaños ni las efemérides, nunca sé “cuánto tiempo hace de” cuando se trata de personas (o países, tradiciones, empresas, etc.), yo incluido. Pero mi memoria se vuelve eficaz cuando se trata de libros, películas o discos.
No lo sé con certeza, pero insisto, puede que la obra de Bolaño me viniese a la mente justo un año después de haberla leído, día arriba día abajo. No me ha quedado más remedio que volver a leer el libro; algo me impelía a hacerlo. De todas formas ha sido tan inevitable como placentero.

Este es de esos libros con los que, cuando oigo a alguien rajar, decir que no le ha gustado, que no entiende su prestigio, etc., etc., no me cabe en la cabeza. ¿Cómo uno puede no ver que ahí hay algo especial?
Hay algo en la forma, en la opción narrativa de Bolaño, que lo catapulta hacia modos de abstracción y nostalgia de lo más complejos y atractivos. Decir que es crónica oral, o intentar catalogar o clasificar el estilo, sería no solo un error, sino también odioso. Bastará con decir que todos los personajes del libro tienen su voz, hablan por ellos mismos, y conforman un collage (tampoco creáis que me hace gracia usar esta palabra) con el que van construyendo determinados mitos, mitos que el autor no está interesado por derruir, ni tampoco ensalzar. Mitos relacionados con la poesía y la literatura, movimientos culturales, ciertos nombres, ciudades (especialmente México DF), pasiones, vilezas, y un largo etcétera.
En una primera lectura, es posible que uno se frustre a ratos intentando encajar ciertos detalles, o buscando física cuando más bien se trata de metafísica. Los personajes buscan a Cesárea Tinarejo, eso te dirá cualquier sinopsis, porque ninguna sinopsis puede condensar lo que significa un libro como este.

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Hay tres partes, y la más larga, la central, parece tener espíritu de epílogo, sólo que está ahí, en medio, y es con diferencia la más larga. Decenas de personajes hablan sobre Arturo Belano y Ulises Lima, los dos chicos obsesionados por el “real visceralismo”, un movimiento poético supuestamente creado por Tinarejo en los años veinte. Un movimiento que ellos quieren recuperar. Este tramo abarca veinte años (de los 70 a los 90). La novela va hacia delante y hacia atrás, perfilando más o menos la vida de determinados personajes, pero sobre todo entornos y formas de vivir. Algunos contradicen a otros, y en general todo se centra más en mitos que en realidades, se centra en lo que las personas pueden hacer que crezca como la espuma, a veces partiendo casi de la nada. Escritores que apenas escriben, lectores que llenan diarios y diarios asegurando que escribir no es lo suyo, espabilados que escriben un solo poema raquítico y van por ahí diciéndose poetas. Y el resto de la gente, que ni escribe ni deja escribir.
Pasar hambre, viajar con nada, oír rumores, dejar que un vagabundo ocupe una habitación de tu piso, caminar de madrugada por ciudades extranjeras que no lo son tanto, hacer del mundo entero tu hogar, un hogar más para arrastrarse que para vivir.
Enamorarse hasta el borde del suicidio.
Ir a África porque África tiene mucho que ver con la muerte, y a veces necesitas eso para sentirte vivo.
La segunda parte es un compendio de viajes, habladurías y crecimiento interrumpido de los personajes, a los que siempre tienes la sensación de tener al otro lado del teléfono, como si estuvieras en una cabina de madrugada, en algún paseo marítimo cerca de Barcelona.

Hay quien dice que un libro habla sobre todo de su autor. Podría ser que Los detectives salvajes fuese el modo que tuvo Bolaño de hablar de latinoamérica, de los poetas jóvenes y de su relación con ellos. La primera y última parte del libro, que juntas sí funcionan como novela corta (maravillosa), están narradas a modo de Diario por García Madero, al que por inercia uno puede confundir con un trasunto de Bolaño. Uno puede pensar que ahí Bolaño habla de su juventud. Pero al lector poco le importa eso, y es evidente que esos dos tramos del libro, mucho más cortos, no funcionarían con tanta fuerza sin el caos narrativo buscado que conforma la mayor parte de la obra, y que construye algo en lo que cualquier lector debería intentar entrar. Ese mundo donde el famoso spoiler no tiene nada que hacer, porque la experiencia está en la lectura, en el momento, el párrafo que tienes delante, o no está.

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Roberto Bolaño (28 de abril de 1953, Santiago de Chile, Chile
Fallecimiento: 15 de julio de 2003, Barcelona
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Esfera

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Me he dado un pequeño atracón de Michael Crichton. He leído esta novela y también he visto la película. Para ser preciso, la tengo de fondo mientras escribo esto, muy avanzada, y cada vez estoy más convencido de que ya la vi en su día.
Ya tenía referencias de Crichton, la que tiene todo el mundo (Jurassic Park), y algunas otras, como El hombre terminal, Estado de miedo o Rescate en el tiempo.
Cuando ya te has pasado unos años intentando escribir ficción, aunque no le haya importado a nadie, te fijas por defecto en detalles que antes pasabas por alto. Detalles narrativos, de estilo, tono, forma, etcétera.
Crichton tuvo una larga trayectoria, y dejó un buen puñado de novelas. También muchas de ellas se llevaron al cine. Su tono parece intentar lograr un equilibrio entre la rama dura de la ciencia ficción y las historias más relacionadas con la peripecia, la aventura y el espectáculo. Algo así como mitad fascinación mitad malabares. O mitad investigación científica mitad epidermia.
A algunos críticos o seudocríticos como yo, esto les irrita, les hace escupir teorías sobre el efectismo del escritor, y que en realidad pudo haber tenido una obra más densa –en la línea de Asimov o C. Clarke–, y en lugar de eso prefirió amontonar pasta, o simplemente venderse al cine comercial, incluso pensando ya en la adaptación de turno mientras escribía, y acomodando la historia a lo visual. Todo para limitarse a esperar una llamada segura que supondría un nuevo jugoso cheque.

La verdad es que no sé hasta qué punto el éxito le acabó condicionando. Pero no veo por qué se habría de concluir que no escribía los libros que quería escribir. Es cierto que su obra no parece tener la ambición artística de otras, pero tampoco creo que estemos ante un material facilón que uno pueda producir en serie, poniendo el piloto automático, y siempre convencido de que Hollywood va a llamar a tu puerta.
La propia Esfera no es un libro de fácil adaptación, no es complaciente en ese sentido, y me ha parecido de los más densos y arriesgados del autor.

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Esta novela tiene reminiscencias estéticas de ‘2001…’, así como de muchas otras obras que transcurren en el espacio, aunque esta vez los personajes estén trescientos metros bajo el océano. Son científicos, están aislados, y tienen que investigar una enorme nave espacial que lleva trescientos años medio soterrada en el lecho marino, estrellada.

Las premisas de Crichton suelen ser espectaculares, difíciles de ejecutar, y también la mayoría de veces están muy bien resueltas en su tono. Al fin y al cabo es el autor quien decide el nivel de profundidad de su obra. Lo cual no quita que tengas que documentarte para hacer mínimamente interesante el contexto. Como sea, si una película o un libro funcionan por sí mismos ¿para qué sirve, por ejemplo, un atracón de verosimilitud? Curiosamente hoy en día el consumidor de ficción es cada vez más exigente; en mi opinión por los motivos equivocados. Cualquiera sabe que la premisa de Parque Jurásico es increíble; pero eso antes a nadie le importaba un carajo. El libro funcionaba, la peli también. Ese es el espíritu de gran parte de la obra de Crichton, quien sólo apega a la realidad su ficción lo justo y necesario, porque sabe qué material quiere servir, y porque es mejor ser Michael Crichton que, por ejemplo, un Athur C. Clarke de garrafón.

Esfera se lee rápido, y es rápida. Aunque ronda las cuatrocientas páginas, no es necesaria ni una semana de lectura nocturna para terminarla. Ciertos datos científicos y la atmósfera que crea, ya son motivos de sobras para leerla. Crea personajes de perfil muy marcado y luego la novela crece en intensidad debido a ello; en lugar de desinflarse un tanto como les pasa a otros libros de sinopsis explosiva, aquí pasa justo al revés.

Llamemos a esto ciencia ficción o fantasía, funciona, está muy bien engrasado, e invita a leer otros libros del autor, que, por más que se hiciese rico, desde luego jamás se tumbó a la bartola.

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Michael en el rodaje de ‘Almas de metal’, ¿os suena?

Noches de tormenta

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Conocía a Nicholas Sparks de la misma forma que lo conoce mucha gente: no había leído nada de él, pero había visto películas. Películas que se suelen enmarcar en la distancia irónica de muchos espectadores, que hablan del placer culpable que supone disfrutarlas. Al final, sin embargo, el placer es placer, y adjetivarlo es más bien una forma de intentar parecer más listo o exquisito. Es cierto, aun así, que al ver ciertas películas, eres consciente a la vez del trazo grueso y de que te han atrapado.
Tenía ganas de leer a Sparks, porque he disfrutado algunas de las películas que le han adaptado, y porque, aun habiéndose hecho de oro, parece haberlo hecho a su manera, sin unirse a corrientes de de actualidad, sólo escribiendo novelas románticas que no acababan de ser catalogadas explícitamente como novela rosa. No verás en ninguna portada de uno de sus libros a un tipo cachas mirando desde las nubes a una mujer suplicante abrazada a sus tobillos. Te guste más o te guste menos, Sparks se reserva una dosis de dignidad.

Me alegré de haber topado con este Noches de tormenta, ya que no solo tenía en mente leer a Sparks, sino que prefería hacerlo con un libro del que no hubiese visto la adaptación. Quería comprobar cuál es el “toque Sparks”, por decirlo así, qué tiene su prosa que ha conseguido el visto bueno en tantos despachos y ha convencido a tanto público.

Da la sensación de que el autor logra condensar todo lo que el imaginario más popular (y básico, en cierta manera), considera romántico o bonito.
La prosa es fácil, fluida y tiene la dosis necesaria de magnetismo. Este libro en concreto no llega a las doscientas páginas, con lo que en dos o tres tacadas puedes terminarlo. Quizá en ese sentido no sea muy representativo, ya que a juzgar por ciertas películas Sparks, imagino que tiene novelas más complejas en cuanto a estructura narrativa y número de personajes. Noches de tormenta es casi un relato corto que gira en torno a un hombre y una mujer, ambos divorciados, que se quedan solos en una especie de hotel rural frente a la playa. Ella se encarga del hotel por un tiempo, él es su único cliente durante un fin de semana.
Puede parecer que el autor se lo hace venir bien (incluso demasiado bien) para sentar las bases de la historia de amor, pero lo cierto es que, aun siendo así en gran medida, los personajes están bien construidos; sabes de dónde vienen, cuál es su crisis, y qué buscan o anhelan. Sabes cómo han acabado allí, cómo se han encontrado. Les entiendes y empatizas.

La prosa de Sparks, paradójicamente, parece más solida y menos obvia cuando desarrolla entornos y circunstancias ajenas a la historia de amor central, que cuando se sumerge en ella. Entonces es cuando se vuelve más tópico en el lenguaje, es entonces cuando más recurre a lugares comunes narrativos. De ahí que antes dejara caer que, de algún modo, su forma de condensar la idea que tiene mucha gente de lo romántico, es volverse a ratos demasiado básico o facilón.

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A su favor debo decir que, aunque sí he disfrutado películas como El diario de Noah o Un paseo para recordar, lo cierto es que pueden hacerse largas, un pelín tediosas, te puede dar un ataque de bostezos fácilmente si estás cansado. Eso puede pasar viendo a Sparks. Pero no leyéndole. Como suele pasar, el material original se sostiene mejor en manos de su autor. En ningún momento me he aburrido leyendo el libro, de hecho me lo he merendado en tacadas de cuarenta páginas. En parte porque está bien escrito y en parte porque quería acabarlo, es verdad; pero no hubiera leído así de rápido si no me hubiese interesado la historia que narra, y los personajes que dibuja.
Algo más que quiero añadir, es que el libro no me ha hecho llorar ni me ha tocado la fibra especialmente. Dato que en este caso sí me parece relevante destacar. Aunque no tiene por qué ser necesariamente un defecto; de hecho seguramente en las películas te clavan más adentro el puñal (con música y lágrimas a lo Meryl Streep), y en este libro parece trabajarse más la melancolía, y la dosis inevitable de tragedia personal que el autor nunca deja fuera de sus historias.

Me queda la duda de si su prosa me ha interesado como para volver a leer algo suyo. Probablemente sí, como algo ligero con lo que compensar lecturas más densas y cabronas. Sparks, aun siendo muy aficionado al drama, por comparación con otros es un osito de peluche. Como sea, también es un escritor respetable, y sobre todo exitoso. Seguro que en muchos artículos han puesto a parir su obra, pero probablemente sea tan necesaria como desengrasante como otras para enmierdarte.

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El bueno de Nicholas

La cúpula

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Podría fingir que esto es una entrada más, o que Stephen King no me interesa más que la Coca-Cola o hacer cola para ver algo de Marvel. Pero sacarlo de lo personal sería un error, al menos de entrada. Cuando tenía en torno a diecisiete años, hubo escritores que me impulsaron a escribir (y no es que empezara ya en aquel momento). Pero unos años antes de eso, tuvo que haber escritores que me animaran a leer. El primer libro que recuerdo haber elegido y leído por mi cuenta, que no fuera Deberes ni para contentar a ningún adulto, fue La estaca de Richard Laymon. Pero el autor que definitivamente me hizo Lector, fue Stephen King; empezando por Christine, y siguiendo por al menos una docena de libros más, todos devorados en aquella época.
Aquel momento de mi vida era una guerra entre el colegio (que intentaba con todas sus fuerzas que odiara la lectura y matar mi curiosidad natural) y los autores que leía con el único propósito de disfrutar y Descubrir.

Luego pasó una etapa de más de diez años de leer otras cosas. Ningún autor resiste el envite de insistencia lectora al que sometí a King, necesitaba otras cosas. Pero King seguía ahí, a veces estable y a veces borracho, a veces incluso convaleciente, como cuando le atropelló una furgoneta. Nada de todo eso le impidió continuar escribiendo.
Tarde o temprano yo volvería a él. A leer y a releer.
Hace poco me volví a leer Christine, y leí Carretera maldita. Aun teniendo ya cierto bagaje como lector, no tuve problemas para volver a disfrutar de la prosa de terror de Maine. Luego vi en Sant Jordi un ejemplar de segunda mano de La cúpula. Más de mil páginas. Una obra relativamente reciente, ambiciosa y reciente. Era un buen momento para comprobar si el mojo del maestro seguía intacto.

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La cúpula nos presenta a Chester’s Mill, una ciudad pequeña sobre la que un día, sin aviso de nadie, cae una barrera (una “cúpula”) que encaja perfectamente con el límite municipal, cercando el pueblo. Una barrera totalmente invisible, a través de la cual se puede hablar con normalidad, que deja atravesar el aire y el agua, aunque poco, y que nadie sabe a qué viene, quién la ha puesto ahí ni con qué propósito. La barrera se puede tocar, pero el primer contacto puede impresionar, y hace que exploten los aparatos electrónicos, incluidos los marca-pasos.
Etcétera.
El propio King, en un par de páginas a modo de epílogo, dice que hacía muchos años que tenía la idea de la novela en mente, concretamente desde 1976. Por aquel entonces no se atrevió a ir más allá de las primeras setenta páginas. Recuperó el proyecto un par de veces, pero se acobardó ante la complejidad del mismo, las implicaciones científicas, meteorológicas y etcétera que suponía la historia.
Finalmente, en 2009, el libro se publicó.

Muchas cosas me han llamado la atención de esta obra. La mayoría positivas (obviamente, si no no hubiera terminado las 1.131 páginas…), y otras que me han hecho arrugar un tanto la nariz.
Con estas cosas nunca se sabe. Lo digo porque los detalles que no me han gustado tanto, podrían ser resultado de una traducción menos trabajada de lo necesario. Pero me extrañaría, porque son tics que van apareciendo durante toda la novela. Detalles de estilo. Da la sensación de que King batalló con este libro tan duramente, que en algunos momentos sus ganas de avanzar le hacían descuidar un tanto la estética de la narración, hasta el punto de poner el piloto automático del escritor más artesano y menos florido. Esto en sí mismo no es necesariamente malo, pero como lector ferviente de King que he sido, sé que puede tener más estilo que aquí; King puede escribir más bonito que algunos tramos de esta novela, y también mejores diálogos. En algunos momentos, cuando intenta aliviar incluyendo notas de humor, resulta un tanto atonal. En otros momentos, parece estar narrando según su escaleta de acontecimientos, pero dejando demasiado de lado la forma en que los plasma.
Seguro que suena peor de lo que es, y sólo ha sido mi impresión, que quería compartir.
Por otro lado, el bueno, el libro tiene ideas jugosas, enormes, muy difíciles de llevar a cabo, y el autor las torea con habilidad, haciendo que nunca pierdas el interés por la historia, que no deja de ser una especie de cuento enorme, épico, plagado de personajes, y con algunas trazas de los mejores y peores comportamientos humanos. Cuando la gente del pueblo se ve encerrada, parecen amplificarse las cualidades y defectos de sus habitantes. Esto queda perfectamente reflejado. Todas las tramas dialogan perfectamente entre ellas, se suceden las tensiones, los momentos horribles y terroríficos, y también juega su carta lo sobrenatural, o lo desconocido, sin duda uno de los puntos fuertes de La cúpula.
Un puntazo es su tramo final, porque King sabe contestar muy bien a las preguntas que plantean sus ideas, por enormes y difíciles de manejar que sean. Y el modo en que lo hace aquí es perturbador y a su vez poético. Funciona, por decirlo así, tanto en lo material como en lo abstracto.
El mojo de King sigue intacto, y sin duda leer a King seguirá siendo parte de mi vida.
No dudéis si veis este tocho en alguna estantería, es largo pero estoy seguro que no os durará más de dos o tres semanas entre los dedos.

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El tito Stephen

Luces de neón

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Podría intentar parecer original, o fingir alguna clase de ejercicio de honestidad o “academicismo”, y no mencionar al “Brat Pack” o a Easton Ellis al hablar de esta novela de Jay McInerney. Pero en mi caso concreto no sería original, ni sería en absoluto honesto, y jamás he querido (o necesitado) sonar como académico o crítico al uso alguno.
Jay McInerney, pues, formó parte de esa generación, de ese grupito de escritores que de algún modo revolucionó el panorama literario en los ochenta y noventa, y que capitaneó (probablemente no a su pesar) Bret Easton (Sinatra) Ellis, que comenzó a agrietarlo todo ya desde su primera, concisa y tóxica novela, Menos que cero.

Obviamente, como casi todo lo relacionado con etiquetas y “movimientos”, fue sobre todo un rollo mediático, pero a la vez puso en el mapa a ciertos nombres. Seguramente no hubiese sabido de esta novela corta de McInernery si nadie le hubiera ubicado en esa órbita.
No hubiera sabido de ella si no hubiese sido por American Psycho, de Ellis, que fue el libro que realmente partió en dos el panorama literario, fascinando y escandalizando por igual, y parece que incluso provocando una primera avanzadilla de la clase de moralistas y permanentemente ofendidos que tenemos ahora.

El título original de este libro es Bright Lights, Big City, y se publicó en 1984.
La temática no sirve para atraer a nadie muy apegado a las sinopsis, o que busque historias de grandes peripecias o fantasías.

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Esto venía con mi edición de Ediciones B

Aquí lo que tenemos es a un chaval de veinticuatro años que, en un corto periodo de tiempo, ve cómo su vida en Nueva York, en la cima del mundo, se empieza a derrumbar. Lo importante, como tan a menudo, es el tono. Esto no va de sacar las cosas de quicio o grandes giros dramáticos, sino de hacer algo interesante de verdad con eso que llaman Costumbrismo.
Así como Ellis optó por la estética más extrema y el Estilo para transmitir determinado grado de crítica social soterrada y desesperación, McInerney se muestra algo más clásico, aunque seguramente no menos extraño o parco para quienes no acostumbren a leer narrativas no tanto sujetas a la acción como a la abstracción más cerebral.
El libro no te salta al cuello. La acción transcurre de forma más o menos tranquila, y poco a poco vas conociendo el entorno y las circunstancias del personaje. Aquí nadie moraliza ni envía mensajes a los niños. Ni a los adultos. Los personajes se drogan con la misma naturalidad con la que comen o soportan la tormenta en el trabajo.
Aunque al principio pueda parecer que lees sobre nada, a medida que avances, verás que la novela tiene su propio color y propósito, aunque el color no sea primario, y el propósito tenga más que ver con los estímulos que a ti te lleguen, que con tesis cerrada alguna.

Me gusta mucho particularmente el modo en que se cierra la historia, de tal manera que casi se niega a sí misma como tal. Algo que no es nada raro en una novela, o mucho menos en un relato corto, pero que siempre deja al gran público extrañado y decepcionado en la butaca cuando eso pasa en una película.
Luces de neón es en gran medida, por tanto, una novela que profundiza gracias a su sencillez, y que llega porque no pretende ir a ningún lugar concreto, sino más bien contar tan sólo un pequeño tramo del viaje.

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Miradle, este tío cerró discotecas con Bret Easton Ellis

Frankenstein

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A lo largo de los años (o siglos), cuando una obra es tan importante – y digo importante, un punto de inflexión, una de esas obras que cambian la literatura y la ficción para siempre– cuando eso pasa, al leerla por fin te das cuenta de que la mayoría de adaptaciones y guiños a ella son caprichosos, no te dan una pista real de cómo es la novela, sino sólo de cómo es su envoltorio.
Ni tan siquiera la icónica imagen que tenemos todos de la criatura que crea el doctor Frankenstein, tiene mucho que ver con la descrita en el libro.

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Fotograma de “Dr Frankenstein”, de James Whale (1931)

No parece que a Mary Shelley le interesara demasiado escribir sobre monstruos. O al menos no tanto como escribir sobre la soledad, y sobre asuntos aún más complejos. Sobre la creación. Sobre responsabilizarte no sólo de lo que haces, sino de lo que “echas” al mundo, de lo que has querido hacer que nazca.
El monstruo ha acabado siendo el emblema pop. Pero evidentemente el doctor Frankenstein es quien nos conduce primero por su locura y pasión, y luego por su dolor, durante más de cuatrocientas páginas.

El potencial metafórico de todo esto no solo es evidente, sino múltiple. Puedes hacer mil paralelismos en base a las decisiones que toman los personajes y lo que pasa luego.
Tenemos aquí a alguien joven que quiere comerse el mundo, y que cuando ya tiene su instrumento para hacerlo, se da cuenta de que era menos importante su proyecto que las consecuencias de haber tenido éxito llevándolo a cabo.

Hay muchos doctores Frankenstein. La diferencia es que el del libro sí se arrepiente.
La mayoría de doctores Frankenstein, aunque vean que su creación está haciendo el Mal, repartiendo dolor y asesinando, se limitan a mirar hacia otro lado e intentar llevar las cuentas de las ganancias.

El doctor Frankenstein no sólo crea un ser vivo, sino que luego reniega de él, le comienza a parecer una mala idea, le comienza a asquear. El monstruo, paradójicamente, parece repugnar más incluso por el hecho de proyectar sentimientos y dejar clara su intención de ser feliz, aunque sea al margen de la sociedad, con una compañera de su misma “especie”, que le exigirá al doctor.
El aspecto exterior de la criatura, la negación del doctor, la repulsa de todo el mundo cuando ve su creación. Los viajes desesperados. Los actos terribles. Todo está narrado con el fluir del pensamiento, generalmente describiendo Sufrimiento.

La tragedia viene contextualizada en el viaje de un aventurero que, con una cuadrilla de marineros, intenta explorar el Polo Norte.
Allí, verá a una figura enorme a lo lejos, en un trineo tirado por perros. Y luego a un tipo que parece en las últimas, flotando sobre un pedazo de hielo.
Este tipo comienza a contar una historia.
La historia de Frankenstein, a día de hoy, parece más digerible gracias al estilo narrativo de la época (más denso, más “Shakespeariano”). Pero sigue siendo el relato de una tragedia; de una serie de tragedias.
Sigue funcionando como libro alucinado, como novela de monstruos, y esa seguramente es su magia. Nunca se acaba de definir. Siempre es fantasía y a la vez siempre es tragedia, realismo a su manera. Es gótico y es humano. Tiene lo peor del ser humano cuando se viene arriba y luego se desespera, y lo peor del monstruo cuando te pide ayuda, con su horrendo aspecto, y te dice que también siente cosas, que no está aquí sólo por el espectáculo.

Un libro maravilloso y a la vez terrible, nada complaciente, aunque de placentera lectura y narrativa.
No importa que creáis que conocéis la historia. Su esquema es lo de menos. Aquí lo que importa es, entre muchas otras cosas, cuántas formas hay de cagarla, y que el éxito y la pasión por lograrlo es una de ellas. La entrega del Doctor Frankenstein contrasta patéticamente con su negación posterior; y lo más terrorífico es que podamos sentir empatía por él.

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(Nota: Aunque este libro de 1818 ahora se encuentre por el título de Frankenstein, originalmente Shelley lo llamo Frankenstein o el moderno Prometeo, dejando claro que ya había referencias anteriores del concepto).

La mancha humana

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Otra no vez puedo evitar preguntarme qué reacción hubiera tenido la gente a una obra como esta, publicada en el 2000, si se hubiese publicado ahora.
Una obra que, entre otras cosas, reflexiona sobre la increíble estupidez y mezquindad que alberga una sociedad que se vuelca a la corrección política. Con tendencia a radicalizarse en el peor sentido posible (si es que hay uno bueno), con tendencia a dar por buena la elección de los culpables desde el momento en que se los señala.
Con tendencia a catalogar de homófobo, racista, fascista, comunista, terrorista, machista, o un largo etcétera, a cualquier pobre idiota al que se le ocurra soltar una ocurrencia, contar un mal chiste, hacer un gag cutre o llevar a cabo cualquier otro tipo de ficción más o menos gamberra.
Esta sociedad que está cada día hablando de lo absolutamente tontos que son los niños, por el medio de asegurar que se pueden volver acosadores si ven ‘Cincuenta sombras de Grey’, o unas tetas.
Esta sociedad que ya está confundiendo a todas horas abstracción con propaganda, ficción con política.
Han pasado diecisiete años desde la publicación de ‘La mancha humana’, lo que convierte a Roth en un visionario de la materia. Él habla de un país y un momento concretos, pero eso se ha extendido como una mancha de aceite, está ya por todas partes.
La generalización, ese ánimo de mucha gente por parecer buenos, tan buenos que o bien no abren la boca o bien lo hacen para ofenderse, para alertar sobre los peligros que nos acechan, que acechan a «nuestro hijos». Esa gente que –como aquel personaje de Los Simpson– no para de decir de un modo u otro: “¿Es que nadie va a pensar en los niños?, cuando sólo piensan en sí mismos.
Esa gente que, a base de insistencia, a base de volverse monotemáticos, algunos incluso volviéndose vendedores de libros temáticos y “activistas” digitales, consiguen más BANALIZAR los problemas –terribles problemas sociales– que ayudar a solucionarlos. Problemas ya apuntados, como la mala educación, el machismo, la homofobia y muchos otros. Terribles problemas, que mucha gente está usando, conformando a través de ellos identidades propias FALSAS, para proyectarse como ciudadanos analíticos y “de bien”.

Esa gente que, si te descuidas, al menor malentendido, puede destruir tu vida, tu mucha o poca reputación, con una demostración absolutamente salvaje de egoísmo e interés aún no catalogada.

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La novela, por otro lado, es cualquier cosa menos torpe, y tampoco fabrica bandos, ni narra con generalizaciones o lemas, ni dando por hecho que cualquier ser concienciado es sospechoso por defecto. Pero sí señala esa terrible certeza, la de que no todos los militantes para las buenas causas, son desinteresados. Claro que no todos lo son, el ser humano es capaz de cosas muchos peores. Pero la sensación que da, es que mucha gente no entiende lo real y nocivo que es eso. Lo increíblemente torpe y dañino que es ir por ahí catalogando a los demás a la más mínima, reduciéndolos a etiquetas odiosas, en muchos casos sin merecerlas; pero reduciéndolos, y olvidando que todos podemos ser culpables de ignorancia a veces en mayor o menor grado, pero no necesariamente de maldad o mala intención. Todos podemos ser malos creadores, malos humoristas, tener mal gusto a veces. Y eso no quiere decir que nadie esté intentando fomentar nada, y mucho menos que lo consiga.
Muchos nos sentamos a ver burradas en la tele desde muy críos, y JAMÁS mezclamos lo que pasaba en la pantalla con la realidad. SIEMPRE fuimos conscientes de lo que era ficción y lo que no.
Entre otras muchas cosas.

El personaje central de la novela, es profesor universitario, catedrático. Un día, ante la ausencia permanente de dos alumnos a los que él jamás ha visto en su clase, ni los conoce, ni sabe cómo son, dice lo siguiente:
“–¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?”
Una persona de gran reputación que ha reflotado la universidad en la que trabaja, entre muchas otras cosas, dice eso, sin saber que los alumnos eran negros, y a partir de ahí comienza un efecto dominó imparable de la ofensa. Incluso sus compañeros, a sabiendas de que él no tenía ninguna intención racista con ese comentario, se postulan en su contra. Nadie se atreve a defenderle
Esto se contextualiza, además, en el año del escándalo Clinton / Lewinski.
Esto, para mí, es lo más interesante. Cómo Roth no deja fuera de su discurso a nadie, ni a los conservadores ni a los supuestos progresistas e intelectuales.
La sociedad conservadora crucifica a Clinton, la comunidad universitaria, teóricamente moderna y abierta, acaba con la carrera (entre otras cosas, y muy graves) de Coleman Silk.

La mancha humana, tal y como yo lo veo, es una bomba para los tiempos que corren, en que no solo se ha asentado más que nunca una cultura de lo políticamente correcto, sino que además ya hay al menos una generación creciendo bajo su ala.
Vamos hacia delante y hacemos algunas cosas mejor, algunas para las que antes éramos más brutos. Pero eso no significa que la gente estúpida haya menguado en su porcentaje. Ellos siguen ahí, siguen malmetiendo, nos siguen confundiendo (o intentándolo). Siguen jodiendo, y están por todas partes, hay un porcentaje de ellos en TODOS los colectivos.

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El tito Roth