La mancha humana

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Otra no vez puedo evitar preguntarme qué reacción hubiera tenido la gente a una obra como esta, publicada en el 2000, si se hubiese publicado ahora.
Una obra que, entre otras cosas, reflexiona sobre la increíble estupidez y mezquindad que alberga una sociedad que se vuelca a la corrección política. Con tendencia a radicalizarse en el peor sentido posible (si es que hay uno bueno), con tendencia a dar por buena la elección de los culpables desde el momento en que se los señala.
Con tendencia a catalogar de homófobo, racista, fascista, comunista, terrorista, machista, o un largo etcétera, a cualquier pobre idiota al que se le ocurra soltar una ocurrencia, contar un mal chiste, hacer un gag cutre o llevar a cabo cualquier otro tipo de ficción más o menos gamberra.
Esta sociedad que está cada día hablando de lo absolutamente tontos que son los niños, por el medio de asegurar que se pueden volver acosadores si ven ‘Cincuenta sombras de Grey’, o unas tetas.
Esta sociedad que ya está confundiendo a todas horas abstracción con propaganda, ficción con política.
Han pasado diecisiete años desde la publicación de ‘La mancha humana’, lo que convierte a Roth en un visionario de la materia. Él habla de un país y un momento concretos, pero eso se ha extendido como una mancha de aceite, está ya por todas partes.
La generalización, ese ánimo de mucha gente por parecer buenos, tan buenos que o bien no abren la boca o bien lo hacen para ofenderse, para alertar sobre los peligros que nos acechan, que acechan a «nuestro hijos». Esa gente que –como aquel personaje de Los Simpson– no para de decir de un modo u otro: “¿Es que nadie va a pensar en los niños?, cuando sólo piensan en sí mismos.
Esa gente que, a base de insistencia, a base de volverse monotemáticos, algunos incluso volviéndose vendedores de libros temáticos y “activistas” digitales, consiguen más BANALIZAR los problemas –terribles problemas sociales– que ayudar a solucionarlos. Problemas ya apuntados, como la mala educación, el machismo, la homofobia y muchos otros. Terribles problemas, que mucha gente está usando, conformando a través de ellos identidades propias FALSAS, para proyectarse como ciudadanos analíticos y “de bien”.

Esa gente que, si te descuidas, al menor malentendido, puede destruir tu vida, tu mucha o poca reputación, con una demostración absolutamente salvaje de egoísmo e interés aún no catalogada.

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La novela, por otro lado, es cualquier cosa menos torpe, y tampoco fabrica bandos, ni narra con generalizaciones o lemas, ni dando por hecho que cualquier ser concienciado es sospechoso por defecto. Pero sí señala esa terrible certeza, la de que no todos los militantes para las buenas causas, son desinteresados. Claro que no todos lo son, el ser humano es capaz de cosas muchos peores. Pero la sensación que da, es que mucha gente no entiende lo real y nocivo que es eso. Lo increíblemente torpe y dañino que es ir por ahí catalogando a los demás a la más mínima, reduciéndolos a etiquetas odiosas, en muchos casos sin merecerlas; pero reduciéndolos, y olvidando que todos podemos ser culpables de ignorancia a veces en mayor o menor grado, pero no necesariamente de maldad o mala intención. Todos podemos ser malos creadores, malos humoristas, tener mal gusto a veces. Y eso no quiere decir que nadie esté intentando fomentar nada, y mucho menos que lo consiga.
Muchos nos sentamos a ver burradas en la tele desde muy críos, y JAMÁS mezclamos lo que pasaba en la pantalla con la realidad. SIEMPRE fuimos conscientes de lo que era ficción y lo que no.
Entre otras muchas cosas.

El personaje central de la novela, es profesor universitario, catedrático. Un día, ante la ausencia permanente de dos alumnos a los que él jamás ha visto en su clase, ni los conoce, ni sabe cómo son, dice lo siguiente:
“–¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?”
Una persona de gran reputación que ha reflotado la universidad en la que trabaja, entre muchas otras cosas, dice eso, sin saber que los alumnos eran negros, y a partir de ahí comienza un efecto dominó imparable de la ofensa. Incluso sus compañeros, a sabiendas de que él no tenía ninguna intención racista con ese comentario, se postulan en su contra. Nadie se atreve a defenderle
Esto se contextualiza, además, en el año del escándalo Clinton / Lewinski.
Esto, para mí, es lo más interesante. Cómo Roth no deja fuera de su discurso a nadie, ni a los conservadores ni a los supuestos progresistas e intelectuales.
La sociedad conservadora crucifica a Clinton, la comunidad universitaria, teóricamente moderna y abierta, acaba con la carrera (entre otras cosas, y muy graves) de Coleman Silk.

La mancha humana, tal y como yo lo veo, es una bomba para los tiempos que corren, en que no solo se ha asentado más que nunca una cultura de lo políticamente correcto, sino que además ya hay al menos una generación creciendo bajo su ala.
Vamos hacia delante y hacemos algunas cosas mejor, algunas para las que antes éramos más brutos. Pero eso no significa que la gente estúpida haya menguado en su porcentaje. Ellos siguen ahí, siguen malmetiendo, nos siguen confundiendo (o intentándolo). Siguen jodiendo, y están por todas partes, hay un porcentaje de ellos en TODOS los colectivos.

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El tito Roth

Johnny cogió su fusil

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Hay libros que llegan al mundo como un misil teledirigido. Clásicos sólo por méritos propios, que al leerlos piensas “claro, lógico”, y a la vez te preguntas cómo demonios se abrieron paso.
Lo cierto es que ‘Johnny cogió su fusil’ enseguida cuajó como artefacto antibelicista; tanto que el libro estuvo distribuyéndose y retirándose del mercado según si acababa una guerra o comenzaba otra.
Este es otro libro (la edición de El Aleph) con prefacio interesante. Prefacios, de hecho, uno escrito en 1959, y otro coincidente con la guerra de Vietnam. El libro se publicó mucho antes, en 1939, tiempos un pelín convulsos.

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Trumbo deja al personaje principal sin brazos, piernas, boca, nariz y ojos. Y también sordo.
El protagonista es un trozo de carne en una cama de hospital. Un solado de veinte años que aún no había comenzado a vivir. No solo es un inválido, claro, sino que además no tiene idea del tiempo ni de nada de lo que le rodea más allá de vibraciones y golpes. Es un vivo muerto, o un muerto vivo. Alguien que está incomunicado, pero no como un preso en una celda, sino preso en su propio cuerpo, en su propia cabeza.
Lo fácil con un material así hubiese sido lanzarse a los brazos de la tragedia, del drama, y también hubiese sido tremendamente absurdo.
No es el caso.

Trumbo se basó en la historia de un oficial británico que quedó totalmente desfigurado en la Primera Guerra Mundial.
Todo lo que rodea a este libro es tan interesante como el propio libro, así que no dudéis en investigar.

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Yo no tengo ni idea de moda. Pero como cualquiera, sé que hay gente, personas, que son capaces de echarse encima cualquier trapito, y hacer que luzca. Personas que, por un motivo u otro, tienen estilo.
La decisión de estilo más importante que toma Trumbo a la hora de narrar esta historia, es no incluir una sola coma. No hay comas. Te pasas tres páginas buscando inconscientemente comas con los ojos, o incluyéndolas con la mente para completar las frases. En determinado momento te das cuenta de que no es que estés ante una traducción chapucera, porque en realidad no lo es, y porque entiendes todo lo que lees, aun sin comas. Podrías incluirlas si quisieras (si fueses un talibán de la gramática), pero el texto está narrado de tal forma, que no hace falta.
Te das un paseo por Google y enseguida ves que no, que el libro nunca tuvo comas.
Trumbo decidió, para contar la historia de un amputado ciego e incomunicado en general, amputarle también las comas a su texto.
Como siempre, al final lo importante es el resultado.
Cualquiera diría que quitándole las comas a un texto, el libro ganará en angustia, se volverá incluso mucho más frío y seco que si su narrativa fuese al uso.
En realidad, creo que, al amputar la comas, Trumbo más bien busca transmitir una idea de Flujo de Pensamiento. Porque pensamiento es lo único que tiene el protagonista. Tanto es así, que aunque el libro no esté narrado en primera persona, da esa sensación, porque siempre estás ahí, metido en la cabeza del soldado, sabiendo del mundo exterior sólo por sus cavilaciones, y obviamente conociendo fases de su vida a través de flashbacks. Flashbacks que son básicamente historias de infancia y adolescencia, que es lo único que ha tenido el protagonista, antes de que fuera reclutado.

A veces comparto fotos, fragmentos del libro en cuestión, pero si me pusiera con este, el post se eternizaría, y acabaría incurriendo en spoiler; no tanto por desvelar nada (la gracia del libro no está ahí), como por acumulación.

Es importante recalcar que el texto logra transmitir gravedad y cabreo, pero no amargura. Por decirlo así. No es una obra que te vaya a la yugular, no va a intentar hacerte saltar las lágrimas de puro horror o pena. Sólo hacerte pensar; y en algunos momentos emocionarte.
Toda la pereza que pueda darles a muchos lectores ante una sinopsis semejante, sería nada más que prejuicio, ya que si el libro tiene un prospósito claro, más allá de la denuncia, es el de evitar el sensacionalismo, los derrumbes llorosos, y la acumulación de finales tristes.

‘Johnny cogió su fusil’ elige el tema de la muerte –en sus distintas formas– para hablar sobre la vida, sobre vivir y no hacer caso a los señores (ese tipo de señores que siempre están ahí), que te dicen que tiene sentido ser patriota, que tiene sentido luchar por una bandera o un país entero, o que hasta tiene sentido morir por algo. Este libro habla de que en la vida no se plantean situaciones en las que dar la vida (o partes de tu cuerpo) tenga sentido; eso siempre está relacionado con intereses políticos, con intereses de terceros. Los jóvenes llevan muriendo o quedando lisiados en guerras desde que nos arrastramos fuera del agua. Mueren millones de jóvenes para que los cuatro señores de turno, y luego sus hijos, y los hijos de los hijos, puedan hacer sus negocios. Y nada más que para eso.
Este libro no pretende moralizar, sino describir una obviedad que no tanta gente entiende, la obviedad sobre lo tontos que somos respecto a ciertos asuntos, sobre la estúpida forma de pensar que tenemos, queriendo abarcar bastos territorios con nuestra dignidad de segunda mano, y pensando que podemos luchar por mantener democracias o derrocar imperios malvados, cuando lo único que podemos hacer y controlar es nuestra VIDA, la cual no podemos dejar que nos las arrebaten tramposos, patriotas de pacotilla, políticos e hijos de puta.

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Dalton Trumbo fue perseguido por comunista (¿os extraña?)

Fundación

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Cuando leo ciertos clásicos, siempre me cuesta volver a entender por qué la gente lee novedades.
No había leído nada de Asimov, existía para mí como un ruido de fondo (uno más). Sí había visto alguna adaptación al cine (que quede claro que eso NO cuenta, nunca). Conocía la saga Fundación, conocía Yo, robot, había oído recitar muchas veces sus leyes de la robótica, y, en resumen, se trataba para mí de uno de esos autores eternamente pendientes.
Lo he dicho más de una vez; si hay algo que me jode de la muerte, es todos los libros que conozco y me atraen que me quedarán por leer.
A su vez, una de las pocas cosas que, acompañadas de un mínimo criterio personal, siempre dan sumo placer (que no se deterioran, ni envejecen, ni se corrompen, etc.) mientras estás vivo, es la lectura.
De modo que como aún no he muerto, ya era hora de leer a Asimov.
Fundación, como ya he dejado caer, es una saga de varios libros. Pero este blog no tiene vocación de folleto informativo, de modo que no voy a hacer como que lo sé todo sobre ella. Este blog está para despertar la curiosidad, y además sólo he leído la primera novela.
Intentar suscitar curiosidad respecto a un libro tan laureado, tan respetado, y seguramente también tan rodeado de prejuicios y clichés, gilipolleces y teorías, es cualquier cosa menos fácil.

Debo decir que también tenía mi propio vago prejuicio sobre Asimov. No era un prejuicio negativo, siempre me ha despertado curiosidad, pero era prejuicio al fin y al cabo. Pensaba que su tono sería algo más ligero que el de otros autores de género (siempre me viene a la mente Arthur C. Clarke); esto no significa que no esperara algo sofisticado y brillante. Pero es cierto que hasta cierto punto esperaba algo bastante distinto a lo que me he encontrado.
Es sofisticado y es brillante, pero en absoluto ligero o facilón para el lector.
Este primer tomo de Fundación es muchas cosas (tantas que seguramente hay libros escritos sobre él y sus hermanos), pero lo que es también, es casi doscientas cincuenta páginas de lo que podríamos llamar Ciencia ficción política especulativa.

La sinopsis de base es delirante. Quiere abarcar tanto, que pensar en la sola idea de cómo demonios se las arregló el autor para enfocar esto, hace que me maree y me caiga redondo al suelo.
No quiero alargarme con ello, ni mucho menos destripar. Sólo algunos conceptos: Imperio Galáctico, millones de mundos habitados por humanos, un planeta llamado Trántor como centro neurálgico. Y un hombre (más bien una deidad), que a través de una ciencia llamada psicohistoria, vaticina una crisis del imperio a quinientos años vista, tras lo cual vendrían treinta mil años de anarquía, ETCÉTERA.

Queda claro que el autor tenía deberes que hacer. Es interesante hablar de su enfoque estructural, ya que es una forma de ubicar al lector, y avisarle de que aquí nadie ha intentado abarcar más de lo que podía.
Esto es así de chungo. Asimov no sólo plantea así el tablero de juego, sino que además sabe aterrizar todo eso, y servírtelo sin que el relato parezca precipitado, tramposo, o un galimatías imposible.
A un nivel superficial, se podría decir que funciona como un libro de intriga. Los tejemanejes de los personajes y cómo de centrados o perdidos están en semejante Universo, ya es razón de sobras para seguir la lectura con atención.
Pero obviamente la capacidad de evocación y pegada que tiene el libro, es mucho más que eso, es paralizante.
El autor mezcla literalmente ciencia, religión y política igual que un tipo te hace malabares antes de que se ponga el semáforo en verde.
Este primer libro está dividido en cinco segmentos. Lógicamente –y aun sin ser un tomo particularmente grueso–, hay espectaculares saltos temporales (y en el espacio, ya de paso), que permiten al autor avanzar con esta locura.

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Lo alucinante es que, aun dejando personajes atrás e iniciando subsiguientes capítulos con otros muy distintos, aun cambiando el entorno, aun quemando etapas como las quema, no tienes la sensación de que nadie se esté quitando faena de encima. El relato no se resiente. Sólo crece, se ramifica, se vuelve cada vez más complejo. Cada vez hay más variantes. Y sin embargo, siempre haces pie. Aunque en ciertos momentos puedas sentirte un poco a la zaga, enseguida te vuelves a ubicar.

Lo único frustrante en todo esto, es que uno quisiera tener un tomo que reuniese toda la saga, para devorarla y no tener que buscar los demás libros a cuenta gotas. Es algo que siempre me ha crispado un poco con la Fantasía y la Ciencia ficción, esa tendencia a fraccionar, a las largas esperas (que se lo digan a los lectores de George R. R. Martin…), a las sagas que aspiran a parecer enciclopedias en tu estantería.

Da igual. Sé que continuaré con Asimov (a no mucho tardar, supongo), pero con permiso del genio, ahora pasaré a otra cosa; siempre habrá tiempo (si no muero mañana…)

Respetad a Hari Seldon; él ya conocía nuestra crisis.

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Orgullo y prejuicio

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Como cualquiera que haya leído algo más que la lista de la compra, conocía a Jane Austen.
De esa forma en que muchos han visto “pelis de Stephen King” pero no han abierto jamás un libro de Stephen King, yo había visto pelis de Jane Austen.
Como no creo en esa especie de doctrina popular basada en la culpabilidad, que parece decir que si no has hecho lo que sea antes de los treinta, ya no puedes hacerlo, he leído ‘Orgullo y prejuicio’.
No sólo lo he leído ahora, sino que estoy bastante seguro de que ahora era un buen momento. Mejor que a mis veinte, seguro.

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Adaptación al cine de Joe Wright (2005)

Era conocedor de la estética y las maneras, de los entornos y el modo de expresarse de los personajes. Lo que más me atraía de leer a Austen, era ver cómo el libro se dejaba abordar, si era particularmente denso o por el contrario más ligero de lo que cabría esperar.
No es ni una cosa ni otra. La edición de bolsillo tiene casi quinientas páginas; a razón de un buen rato de lectura diara, me ha llevado unas dos semanas.
Su narrativa se pone en pie y te alerta nada más comenzar, y esa sensación se estabiliza, y no te abandona hasta que el libro acaba.
No es como leer cualquier novedad, tienes que poner un punto más de atención. Esto no deja de ser cierta clase de literatura decimonónica.
Austen tenía apenas veinte años cuando escribió el libro, que publicó, parece ser, por cuenta propia.
Es impresionante sobre todo teniendo en cuenta la clase de bisturí emocional que maneja, y también hasta cierto punto la mala leche de algunos personajes, ya sea por cómo son o por cómo están retratados. No sería tonto pensar que Austen no se limitaba a ficcionar.
Un buen ejemplo de la acidez no tan comentada de Austen, es cómo se expresa el patriarca de la familia protagonista (algo no exclusivo de él), que no duda en decir en voz alta quiénes de sus hijas le gustan más, cuáles le parecen más tontas o listas, cuales más guapas o feas, y quiénes no tienen remedio (su mujer incluida).

Para la época que por defecto retrata, la desgracia de la familia Bennet es haber tenido nada menos que cinco niñas. Ningún varón. Lo cual resulta inconveniente para la linea de sucesión. Los bienes del patriarca no pueden ir cuando muera a su mujer o sus hijas, sino forzosamente a otro varón de la familia.
Por otro lado, la gran obsesión de la madre de las chicas, es encontrarles marido; lo cual creo es lo que todo el mundo conoce del universo ‘Orgullo y prejuicio’, y lo que da pie a Austen para levantar su catedral a la Psicología de personajes, y cómo se relacionan entre ellos.

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Serie de la BBC (1995)

La pareja que forman la icónica Elizabeth y el mítico señor Darcy, es un canto seminal de Austen a las complicaciones amorosas, y el aviso quizá más importante de la historia de la Literatura sobre lo poco fiables que son las primeras impresiones.
Aunque hay otros episodios muy interesantes (aquí no hay paja), todo parece estar ahí para contemporizar la relación central, que obviamente comienza presentándose como un imposible.

A medida que te sumerges en la lectura, cuando ya te has hecho a las formas y puedes avanzar sin necesidad de releer ciertos párrafos, te das cuenta de qué clase de magnetismo tiene lo que hace Austen. Austen, estando lejos de crear personalidades planas o arquetipos, es capaz de hacer que odies con todas tus fuerzas ciertos personajes, lo cual a la larga hace que también les cojas cierto cariño, porque están vivos. Los personajes más odiosos (puede que la madre de las chicas y el señor Collins, primo que ha de heredar la casa cuando el patriarca muera), funcionan como contrapeso y a la vez obstáculo para…
Y aquí es donde podría comenzar a teorizar y dar mis propias (e irrelevantes para el contexto) razones sobre por qué el relato va por donde va, o qué personajes son los realmente más importantes, profundos o relevantes.
Esta es otra cosa, y quizá la más llamativa de Austen, la capacidad para generar reflexión y debate, lo que la convierte probablemente en la precursora más importante de los clubs de lectura. (Y aquí que cada cual decida si eso ha sido algo bueno o malo…).

‘Orgullo y prejuicio’, pues, se puede leer con más de treinta años, se puede disfrutar, y hasta uno puede intentar sumarse a la legión de “austenitas” que lo han leído todo de la autora, y que no sueñan sólo con naves ardiendo más allá Orión, sino también con interminables prados verdes brillando a mediodía más allá de Longbourn.

Demasiada felicidad

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Dada la libertad que me otorga el formato, y el no tener que dar explicaciones a nadie por lo que escriba en cada post, esta vez os presento, sin más introducción, una lista de las cosas en que me ha hecho pensar Demasiada felicidad, de Alice Munro.

–Hace dos o tres meses comencé a seguir a una youtuber. Habla de libros, sus vídeos son largos y jugosos, y su tono muy distinto al que se suele encontrar en lo que llaman “la comunidad booktuber”. Me gustó enseguida. Lo cierto es que no ha de costar diferenciarse en esa comunidad, pero eso no convierte en algo fácil el hablar a cámara y hacerlo con propiedad; y tampoco lo es conseguir cierto nivel de seguidores.

–Como digo, comencé a seguir su canal, también la seguí en Twitter (¿por qué no?), y hasta me pasaba de vez en cuando por su blog escrito, también literario.

–De vez en cuando dejaba caer su “militancia” en cuestiones de feminismo, hablaba de ciertos libros que le interesaban en base a eso, de autoras que le interesaban, y una vez hasta de alguien que leyó durante un año libros sólo escritos por mujeres. Un experimento, una especie de “limpieza de género”, para ver cómo eso se proyectaba en ella. Algo que –dejadme divagar un momento, no es gratuito– yo desde luego no haría. No porque no lea libros escritos por mujeres, sino porque leo los libros que me interesan, independientemente de qué género, condición sexual, nacionalidad o etc. sea quien lo ha escrito; y porque si intentara ese ejercicio que abarca nada menos que un año, eso iría en detrimento de las lecturas, porque lo acabaría viendo como una obligación. Etcétera.

–De modo que yo iba viendo su vídeo semanal, y también sus cosas por Twitter. Hasta que, un día, sin solución de continuidad, sin haber tenido ningún encontronazo dialéctico con ella, vi que me había bloqueado en dicha red social.
Dado que yo en ese momento solía recomendar su canal y compartir sus vídeos (cosa que no he dejado de hacer cuando uno me parece interesante), y aunque ella no tenía por qué saber eso, me pregunté por qué me había bloqueado. Había interaccionado en algún momento por Twitter, pero sin ningún problema, ni asediando de ningún modo, y un par de veces dejé un comentario en su blog escrito. Simplemente había comenzado a seguirla del modo que uno sigue a quien considera que sube buen contenido a Internet.

–Luego, cebando un poco la paranoia, imaginé que ella había entrado a mi timeline en Twitter, y quizá algunos de mis tuits la hicieran irse de cabeza a por el botón para bloquear. En Twitter no necesariamente soy literal, eso por un lado, y si soy crítico no hay ningún colectivo o entidad que considere sagrados, tampoco las personas que se autoconsideren feministas. No voy a alargarme con ello; simplemente no me gusta militar en nada; por decirlo rápido y mal, las militancias me parecen tan del pasado como el feminismo debería serlo del futuro. Peor o mejor, tengo mi propia forma de ver las cosas (espero que en constante evolución), y procuro aprender de todas las corrientes, intentando descartar los tics que considero paja o pura pose generacional.

–No lo voy a negar; que me bloqueara alguien que me caía genial, sin darme una sola oportunidad, ni tan siquiera para discrepar (e imagino que quemada por mucha idiotez generalizada en Twitter y Youtube), me pareció injusto; aunque, si lo piensas un poco, nada raro o excepcional, y desde luego nada tan importante como para escribir sobre ello; lo que es nada más que un motivo tan bueno como cualquier otro para hacerlo.

–Aquí os dejo su canal; ahí, si os mola, encontraréis también otros enlaces de lo que hace en la caja de descripción de cada vídeo.

–Ahora (vaya, no ahora, desde un tiempo), algo que considero relacionado con todo lo dicho (y “accidentes” similares anteriores), cuando leo un libro escrito por una mujer, soy más consciente cuando aborda de una forma u otra asuntos de género, o hasta qué punto habla de ello adrede, o simplemente el texto supura un feminismo natural, en el que la autora describe la acción desde una objetividad con la que a veces tomas conciencia de que no estabas familiarizado. Por decirlo así. Munro no saca ninguna bandera de género ni quiere sonar agresiva, se limita a ofrecer varias viñetas detalladas del mundo, un libro de relatos que no tienen la complacencia como ingrediente principal.

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–No es de extrañar que surja el nombre de Raymond Carver para dar una idea de su estilo narrativo, de su concepto literario. Sus cuentos no buscan completar un engranaje o dar giros con los que sorprender. Nada más lejos. La peripecia aquí suele ser lo de menos.

–Por supuesto –y volviendo a los temas de género–, hay un equilibro de presencia entre los personajes femeninos y los masculinos, y en ningún caso hay un juicio en el que nadie sea más que el otro.

–Todos los cuentos dejan poso, mucho, aunque decir que son tristes sería simplista; más bien parecen obstinados, con un estilo reposado y agradecido, con cierta idea sobre la tragedia, sobre cómo es el mundo. Podría decir un montón de chorradas con las que le quitarías las ganas de leer a cualquiera; ese rollo de los “retazos de vida” y otras expresiones del mismo catálogo. Ni tan siquiera la palabra Costumbrismo me gusta.

–A estas alturas debería haber quedado claro que no me van las etiquetas, ni cuando tiene sentido recurrir a ellas.

–Hay un par de cuentos que me parecen representativos del espíritu del libro. Uno se llama “Juego de niños”, y abarca varias décadas de la vida de dos mujeres, desde que de crías se conocieron en cierto campamento (desarrollar más sería incurrir en spoiler). Y el otro es el que da título al libro, y que se basa en la vida de la matemática rusa Sofia Kovalevski, la cual básicamente tuvo la papeleta de ser una mujer de ciencias en el siglo XIX.

–En cualquier caso, no esperéis ningún sentimentalismo fácil o una suerte de biografías más o menos encubiertas, afectadas y más tediosas que interesantes.

–Tampoco os voléis la cabeza con el dato de que Munro sea premio nobel de literatura. No esperéis ningún perfil concreto de escritora, ni un tono abstruso, académico o pomposo. Aislad a Munro de todo ese ruido, y pillad este o cualquier otro libro que haya escrito.

–No hagáis cosas feas.

Tómatelo con calma

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Cada generación tiene sus propios cauces para llegar a los clásicos (ya sean más o menos recientes); o para llegar a los grandes, los autores seminales, los que plantaron determinada semilla, o ayudaron a regarla.
Gran parte de mi generación conoció la existencia de Elmore Leonard gracias a Tarantino. Jackie Brown (“Cocktail explosivo” era el título del libro) era su peli post-Pulp fiction, y su único guión adaptado.
Obviamente Tarantino no se puso a adaptar nada que supusiese un giro radical a su carrera (ni falta que le hacía).
Leyendo a Leonard, entiendes hasta qué punto las primeras películas de Tarantino están empapadas de él. Leonard tuvo su propia manera de entender la novela negra, el noir. Muchos años he tardado en leerle por fin, pero puede que ahora fuese el mejor momento.
Tómatelo con calma es, parece ser, una secuela de Cómo conquistar Hollywood; pero sólo en cuanto a que el personaje central es el mismo. Puede que no haya pillado alguna referencia, pero básicamente el libro se puede leer de forma independiente sin problema.

Leonard hace que pasen cosas, hay momentos de violencia inesperados, hay giros más o menos constantes en la trama, hay personajes atractivos, la historia evoluciona, hay un inicio, varios nudos y un desenlace. Pero obviamente todo esto no es lo que hace especial al libro. Esto sólo es el engranaje, los tics de la novela negra, etc. Creo que lo que hace que este libro te deje con ganas de más, es su arrollador estilo. Puede que de entrada te sientas algo desubicado. Te encuentras con dos personajes hablando en modo metralleta, parece que de nada en particular (¿de qué os suena eso?). Luego, sin aparente solución de continuidad, pasa algo terrible, y terriblemente violento. Poco a poco vas familiarizándote con el Lenguaje. A menudo hay (por no decir casi todo el tiempo) largos diálogos, los cuales sirven tanto para dibujar a los personajes, como para hacer avanzar la trama, como para definir el estilo del libro. Esto quiere decir que hay largas escenas de diálogo que puede que sean útiles para completar alguna información, o puede que sólo estén ahí por pura estética.
Esto no es nada nuevo en realidad, pero seguro que habréis oído hablar al académico de turno, sobre que todo lo que haya en un libro o una peli, ha de tener una utilidad concreta. Eso, en realidad, sólo es una forma de hacer las cosas. Decir que es la única es, obviamente, una falacia.
No sólo lo demuestra Leonard, también lo demostró Tarantino, nada más y nada menos que haciendo películas. Con las películas parece aún más delicado, ya que se supone que has de concretar, has de condensar la información, no puede haber paja, etc. Pero seguro que todos los que hayáis visto Pulp fiction (absoluta heredera de Leonard), recordáis, por ejemplo, este diálogo:

JULES: Bueno, háblame otra vez de esos bares de hachís.
VINCENT: Vale, ¿qué quieres saber?
JULES: Allí el hachís es legal ¿no?
VINCENT: Es legal pero no al 100 %, por ejemplo, no puedes entrar en un restaurante, liarte un porro y ponerte a fumar, ellos quieren que fumes en tu casa o en sitios determinados.
JULES: ¿Dónde, en los bares de hachís?
VINCENT: Si, verás, el rollo funciona así, es legal comprarlo, es legal poseerlo y si eres propietario de un bar de hachís es legal venderlo. Es legal que lo tengas, pero, pero tampoco importa, imagínate esto ¿vale?, si te detiene un poli en Amsterdam es ilegal que pretenda cachearte. En Amsterdam los polis no tienen ese derecho.
JULES: Joder, macho, yo me voy allí sin dudarlo, joder que si me voy.
VINCENT: Lo se tío, eso si te molaría. Pero ¿sabes lo más curioso de Europa?
JULES: ¿Qué?
VINCENT: Pequeñas diferencias. También ellos tienen la misma mierda que aquí, pero… hay algunas diferencias.
JULES: ¿Por ejemplo?
VINCENT: Pues puedes meterte en cualquier cine de Amsterdam y tomarte una cerveza. Y no hablo de una cerveza en un vaso de papel, hablo de una jarra de cerveza. Y en París puedes pedir cerveza en el McDonald’s. ¿Y sabes cómo llaman al cuarto de libra con queso en París?
JULES: ¿No lo llaman cuarto de libra con queso?
VINCENT: Utilizan el sistema métrico, no sabrían que coño es un cuarto de libra.
JULES: ¿Pues cómo lo llaman?
VINCENT: Lo llaman: una Royale con queso.
JULES: Royale con queso…
VINCENT: Sí, así es.
JULES: ¿Y cómo llaman al Big Mac?
VINCENT: Un Big Mac es un Big Mac, pero lo llaman Le Big Mac.
JULES: Le Big Mac. ¿Y cómo llaman al Whooper?
VINCENT: No se, no fui a ningún Burger King. ¿Y qué le ponen a las patatas fritas en Holanda en vez de ketchup?
JULES: ¿Qué?
VINCENT: Mayonesa.
JULES: Joder.
VINCENT: Les vi hacerlo, macho, las bañan en esa mierda.

Este diálogo no tenía ninguna función concreta. Cuando vimos todos esta escena por primera vez, lo fascinante era darse cuenta de que, en realidad, no tenía propósito. Sólo eran dos personajes haciendo tiempo mientras llegaban en coche a determinado lugar. Esto se repetirá a lo largo de la película, y se convertirá en el modo que tiene Tarantino de enseñarle el dedo corazón a cualquier académico, además de responder a la pregunta ¿Por qué tus películas son tan violentas? con un: Porque es divertido.
Y es divertido también oír hablar a los personajes sin sentir que están todo el tiempo lanzándote información útil. Es una cuestión (insisto) de Estilo, incluso diría de clase, cuando un autor hace las cosas como le apetece, en lugar de consultar un manual o pretender buscar fórmulas para gustarte. O entras al trapo, o te jodes. Incluso uno de los personajes de Tómatelo con calma, parece dejar claros los principios del material que estás leyendo, a través de un diálogo que referencia una peli de Bogart:

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Tomátelo con calma es novela negra divertida y brutal, con una colección admirable de personajes, y con una trama enrevesada, pero en la que siempre haces pie. La verborrea siempre suma, nunca sientes que el libro divague, porque los personajes no están trabajando para ningún escritor, sino que están contigo, son colegas, son malos, o buenos, o peligrosos, o todo a la vez, pero sobre todo tienen carisma, y quieres saber qué va a ser de ellos. El libro, pues, funciona en el sentido más tradicional, pero, sobre todo, no lo descartéis (no descartéis a Leonard) como otro de esos artefactos sencillos y olvidables. No lo es. Yo, desde luego, voy a seguir investigando al autor.

(Creo que hay alguna peli por ahí… Yo la obviaría hasta haber leído el libro.)

La letra escarlata

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La letra escarlata se publicó en 1850, y es un clásico indiscutible, con todos los tics estilísticos que se esperan de los clásicos (aunque obviamente no todos se escribieran igual). Probablemente a algunos (jóvenes y no tan jóvenes) les suene por cierta peli noventera de Demi Moore, o quizá incluso por otra peli, llamada Easy A (2010), en que no solo se referenciaba el libro, sino que además soltaba algún que otro dardo envenenado a la peli de Moore (una de cuyas imágenes, por cierto, sirve de portada para la edición que tengo).

Todo lo cual, nos coloca frente a una obra que tiene ahora 167 años de edad, y de la cual se sigue hablando, para la cual se siguen haciendo cosas, sigue inspirando, y la cual (como bien retrata Easy A) sigue siendo útil a mucho profesor torpe para ponerla como lectura obligatoria.
No es una novela larguísima, mi edición tiene 274 páginas, pero sí se podría decir que es larga de leer. Su prosa es lo suficientemente barroca como para exigirte un punto de atención más que con muchas otras lecturas, y su historia avanza entre descripciones floridas, tanto de entornos como de aparatosas crisis espirituales.

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A su vez, la temática que maneja y cómo la vuelca, lo convierten en uno de esos libros que pareciera que en tiempos inmemoriales hubiesen estado flotando en el éter, esperando a ser escritos, uno de esos libros que tenían que escribirse. Uno de esos libros que, ahora, dan la sensación de haber existido siempre, que son inherentes a la condición humana (en este caso para bien). No sólo por añejos o insistentemente estudiados, sino por la simbología y lo básico, a la vez que complejo, de su mensaje, o del aprendizaje (cada cual el que prefiera) que se puede sacar de él.

Esto es un libro de tesis, pues, una de esas obras sobre las que se hacen ensayos, trabajos, exámenes y hasta preguntas para concursos.
Nathaniel Hawthorne escribió también un prólogo para él, bastante extenso además. Si buscáis un ejemplar, mejor que sea con dicho prólogo. A menudo los prólogos son un soberano coñazo; pero no suelen serlo si son del propio autor de la obra. En este caso, el prólogo funciona casi como una suerte de relato introductorio, sólo que en realidad es una descripción de cómo Hawthorne topó con la historia de la letra escarlata, o más bien cómo la misma llegó a él. Son más de cincuenta páginas, pero creedme que merece la pena.

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Este libro, lo que cuenta, es tan sumamente universal, que seguro que habéis oído hablar de Hester Prynne, de lo que Ella representa. Da igual que no hayáis leído el libro, o visto alguna adaptación, obra de teatro o representación con marionetas. Da igual incluso que no hayáis tenido un profesor lo suficientemente torpe como para obligaros a leer literatura decimonónica a los quince años.
Da igual, porque Hester Prynne es un auténtico símbolo literario de algo que todos conocemos. Lo que representa su personaje, no son sólo cosas del siglo XIX. El libro no habla de gente loca del año de la pera, no habla de los tatarabuelos de tu tatarabuelo y lo rústico de su mundo sin Internet.
La protagonista de esta novela, su letra escarlata cosida a sus ropajes al pecho, transmite una sensación de culpa, agobio y juicio severo e injusto del entorno, que se puede encontrar perfectamente hoy en día, aunque no sea en los mismos términos, ni con, digamos, la misma intensidad religiosa (aunque sobre la religión no estoy seguro, pero no divagaré ahora con eso).
Por eso se sigue leyendo La letra escarlata, por tu vecina la beata, esa que sigue espiando por la mirilla de su puerta para saber con quién folla la «solterona» del piso de arriba; por la boda de tu primo por la iglesia, que fue en una iglesia, ahora, en el siglo XXI; por esa chica del instituto que ahora es la guarra oficial porque dicen que folla con quien quiere y cuando quiere; por esa conversación de familia o amigos, en la que de repente susurráis sobre la tía Encarna, que no se quiso casar y va por ahí «con hombres». Por eso sigue vigente La letra escarlata; porque está muy bien escrito, sí, pero también por esos avisos a las chicas: no vistáis como furcias. No hagáis esto, no toquéis aquello, no engañéis. Sobre todo vosotras. Porque, tal y como se menciona en algunos momentos de la obra, puede que nadie te vea, pero te ve Dios. ¿Quién es Dios ahora? Está en tu cabeza, incluso aunque digas que eres ateo, y no digamos ya si eres atea. No es casual que Hawthorne haga que su personaje central para hablar sobre adulterio y otros «pecados», sea una mujer. El entorno de Hester, si lleváramos la historia a nuestro tiempo, no quiere a la chica que se cambia en el ascensor para no ir tan tapada a ver a su ligue, quiere a la vecina que espía por la mirilla y juzga a la «solterona» que folla. Que vive. Los términos en que el personaje comete adulterio, son muy concretos, leed la novela. Pero insisto, no cometáis el error de pensar que los tiempos han cambiado en esencia. Si lo hubieran hecho de verdad, La letra escarlata no sería un libro inmortal; de hecho se habría descatalogado hace más de un siglo. Seguramente hubo quien quemara algunos ejemplares; este tipo de ideas jamás se libran de una buena hoguera nazi.

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La letra escarlata, pues, como suele pasar con los libros imperecederos, no solo aborda un tema universal, sino también muy concreto. Habla sobre un tipo de maldad que está por todas partes. Un tipo de maldad que no tienes que ir a buscar en los terroristas, ni en los políticos, los banqueros o los villanos de moda. Un tipo de maldad que puedes encontrar en tus padres, en tu familia, en tu entorno inmediato. Esa gente que coloca la letra escarlata en los demás, y con los que convivimos. Esa gente que antes señalaba la culpa con fervor religioso, y que ahora raja de quien ha dado la vuelta a la esquina si no se comporta de una forma suficientemente (no nos engañemos) católica, ascética, etcétera.
Una vez más, la escalofriante «gente normal».

Recordad que aunque no haya nadie, Dios sigue mirando.

(Bonus track):