Los detectives salvajes

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Imposible hacer justicia a lo que significa (o está significando) para mí este libro. Ni lo voy a intentar, sólo dejaré una líneas por aquí, con la esperanza, como siempre, de que alguien más se anime a leerlo.
Hace más o menos un año que lo leí por primera vez. Este año, por las mismas fechas, me vino a la mente con una fuerza inusitada (porque obviamente nunca se había ido). Bien entrada la primavera pensé que hacía un año que había leído Los detectives salvajes. Casi nunca recuerdo (ni me interesan) los cumpleaños ni las efemérides, nunca sé “cuánto tiempo hace de” cuando se trata de personas (o países, tradiciones, empresas, etc.), yo incluido. Pero mi memoria se vuelve eficaz cuando se trata de libros, películas o discos.
No lo sé con certeza, pero insisto, puede que la obra de Bolaño me viniese a la mente justo un año después de haberla leído, día arriba día abajo. No me ha quedado más remedio que volver a leer el libro; algo me impelía a hacerlo. De todas formas ha sido tan inevitable como placentero.

Este es de esos libros con los que, cuando oigo a alguien rajar, decir que no le ha gustado, que no entiende su prestigio, etc., etc., no me cabe en la cabeza. ¿Cómo uno puede no ver que ahí hay algo especial?
Hay algo en la forma, en la opción narrativa de Bolaño, que lo catapulta hacia modos de abstracción y nostalgia de lo más complejos y atractivos. Decir que es crónica oral, o intentar catalogar o clasificar el estilo, sería no solo un error, sino también odioso. Bastará con decir que todos los personajes del libro tienen su voz, hablan por ellos mismos, y conforman un collage (tampoco creáis que me hace gracia usar esta palabra) con el que van construyendo determinados mitos, mitos que el autor no está interesado por derruir, ni tampoco ensalzar. Mitos relacionados con la poesía y la literatura, movimientos culturales, ciertos nombres, ciudades (especialmente México DF), pasiones, vilezas, y un largo etcétera.
En una primera lectura, es posible que uno se frustre a ratos intentando encajar ciertos detalles, o buscando física cuando más bien se trata de metafísica. Los personajes buscan a Cesárea Tinarejo, eso te dirá cualquier sinopsis, porque ninguna sinopsis puede condensar lo que significa un libro como este.

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Hay tres partes, y la más larga, la central, parece tener espíritu de epílogo, sólo que está ahí, en medio, y es con diferencia la más larga. Decenas de personajes hablan sobre Arturo Belano y Ulises Lima, los dos chicos obsesionados por el “real visceralismo”, un movimiento poético supuestamente creado por Tinarejo en los años veinte. Un movimiento que ellos quieren recuperar. Este tramo abarca veinte años (de los 70 a los 90). La novela va hacia delante y hacia atrás, perfilando más o menos la vida de determinados personajes, pero sobre todo entornos y formas de vivir. Algunos contradicen a otros, y en general todo se centra más en mitos que en realidades, se centra en lo que las personas pueden hacer que crezca como la espuma, a veces partiendo casi de la nada. Escritores que apenas escriben, lectores que llenan diarios y diarios asegurando que escribir no es lo suyo, espabilados que escriben un solo poema raquítico y van por ahí diciéndose poetas. Y el resto de la gente, que ni escribe ni deja escribir.
Pasar hambre, viajar con nada, oír rumores, dejar que un vagabundo ocupe una habitación de tu piso, caminar de madrugada por ciudades extranjeras que no lo son tanto, hacer del mundo entero tu hogar, un hogar más para arrastrarse que para vivir.
Enamorarse hasta el borde del suicidio.
Ir a África porque África tiene mucho que ver con la muerte, y a veces necesitas eso para sentirte vivo.
La segunda parte es un compendio de viajes, habladurías y crecimiento interrumpido de los personajes, a los que siempre tienes la sensación de tener al otro lado del teléfono, como si estuvieras en una cabina de madrugada, en algún paseo marítimo cerca de Barcelona.

Hay quien dice que un libro habla sobre todo de su autor. Podría ser que Los detectives salvajes fuese el modo que tuvo Bolaño de hablar de latinoamérica, de los poetas jóvenes y de su relación con ellos. La primera y última parte del libro, que juntas sí funcionan como novela corta (maravillosa), están narradas a modo de Diario por García Madero, al que por inercia uno puede confundir con un trasunto de Bolaño. Uno puede pensar que ahí Bolaño habla de su juventud. Pero al lector poco le importa eso, y es evidente que esos dos tramos del libro, mucho más cortos, no funcionarían con tanta fuerza sin el caos narrativo buscado que conforma la mayor parte de la obra, y que construye algo en lo que cualquier lector debería intentar entrar. Ese mundo donde el famoso spoiler no tiene nada que hacer, porque la experiencia está en la lectura, en el momento, el párrafo que tienes delante, o no está.

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Roberto Bolaño (28 de abril de 1953, Santiago de Chile, Chile
Fallecimiento: 15 de julio de 2003, Barcelona
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