Luces de neón

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Podría intentar parecer original, o fingir alguna clase de ejercicio de honestidad o “academicismo”, y no mencionar al “Brat Pack” o a Easton Ellis al hablar de esta novela de Jay McInerney. Pero en mi caso concreto no sería original, ni sería en absoluto honesto, y jamás he querido (o necesitado) sonar como académico o crítico al uso alguno.
Jay McInerney, pues, formó parte de esa generación, de ese grupito de escritores que de algún modo revolucionó el panorama literario en los ochenta y noventa, y que capitaneó (probablemente no a su pesar) Bret Easton (Sinatra) Ellis, que comenzó a agrietarlo todo ya desde su primera, concisa y tóxica novela, Menos que cero.

Obviamente, como casi todo lo relacionado con etiquetas y “movimientos”, fue sobre todo un rollo mediático, pero a la vez puso en el mapa a ciertos nombres. Seguramente no hubiese sabido de esta novela corta de McInernery si nadie le hubiera ubicado en esa órbita.
No hubiera sabido de ella si no hubiese sido por American Psycho, de Ellis, que fue el libro que realmente partió en dos el panorama literario, fascinando y escandalizando por igual, y parece que incluso provocando una primera avanzadilla de la clase de moralistas y permanentemente ofendidos que tenemos ahora.

El título original de este libro es Bright Lights, Big City, y se publicó en 1984.
La temática no sirve para atraer a nadie muy apegado a las sinopsis, o que busque historias de grandes peripecias o fantasías.

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Esto venía con mi edición de Ediciones B

Aquí lo que tenemos es a un chaval de veinticuatro años que, en un corto periodo de tiempo, ve cómo su vida en Nueva York, en la cima del mundo, se empieza a derrumbar. Lo importante, como tan a menudo, es el tono. Esto no va de sacar las cosas de quicio o grandes giros dramáticos, sino de hacer algo interesante de verdad con eso que llaman Costumbrismo.
Así como Ellis optó por la estética más extrema y el Estilo para transmitir determinado grado de crítica social soterrada y desesperación, McInerney se muestra algo más clásico, aunque seguramente no menos extraño o parco para quienes no acostumbren a leer narrativas no tanto sujetas a la acción como a la abstracción más cerebral.
El libro no te salta al cuello. La acción transcurre de forma más o menos tranquila, y poco a poco vas conociendo el entorno y las circunstancias del personaje. Aquí nadie moraliza ni envía mensajes a los niños. Ni a los adultos. Los personajes se drogan con la misma naturalidad con la que comen o soportan la tormenta en el trabajo.
Aunque al principio pueda parecer que lees sobre nada, a medida que avances, verás que la novela tiene su propio color y propósito, aunque el color no sea primario, y el propósito tenga más que ver con los estímulos que a ti te lleguen, que con tesis cerrada alguna.

Me gusta mucho particularmente el modo en que se cierra la historia, de tal manera que casi se niega a sí misma como tal. Algo que no es nada raro en una novela, o mucho menos en un relato corto, pero que siempre deja al gran público extrañado y decepcionado en la butaca cuando eso pasa en una película.
Luces de neón es en gran medida, por tanto, una novela que profundiza gracias a su sencillez, y que llega porque no pretende ir a ningún lugar concreto, sino más bien contar tan sólo un pequeño tramo del viaje.

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Miradle, este tío cerró discotecas con Bret Easton Ellis
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