Frankenstein

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A lo largo de los años (o siglos), cuando una obra es tan importante – y digo importante, un punto de inflexión, una de esas obras que cambian la literatura y la ficción para siempre– cuando eso pasa, al leerla por fin te das cuenta de que la mayoría de adaptaciones y guiños a ella son caprichosos, no te dan una pista real de cómo es la novela, sino sólo de cómo es su envoltorio.
Ni tan siquiera la icónica imagen que tenemos todos de la criatura que crea el doctor Frankenstein, tiene mucho que ver con la descrita en el libro.

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Fotograma de “Dr Frankenstein”, de James Whale (1931)

No parece que a Mary Shelley le interesara demasiado escribir sobre monstruos. O al menos no tanto como escribir sobre la soledad, y sobre asuntos aún más complejos. Sobre la creación. Sobre responsabilizarte no sólo de lo que haces, sino de lo que “echas” al mundo, de lo que has querido hacer que nazca.
El monstruo ha acabado siendo el emblema pop. Pero evidentemente el doctor Frankenstein es quien nos conduce primero por su locura y pasión, y luego por su dolor, durante más de cuatrocientas páginas.

El potencial metafórico de todo esto no solo es evidente, sino múltiple. Puedes hacer mil paralelismos en base a las decisiones que toman los personajes y lo que pasa luego.
Tenemos aquí a alguien joven que quiere comerse el mundo, y que cuando ya tiene su instrumento para hacerlo, se da cuenta de que era menos importante su proyecto que las consecuencias de haber tenido éxito llevándolo a cabo.

Hay muchos doctores Frankenstein. La diferencia es que el del libro sí se arrepiente.
La mayoría de doctores Frankenstein, aunque vean que su creación está haciendo el Mal, repartiendo dolor y asesinando, se limitan a mirar hacia otro lado e intentar llevar las cuentas de las ganancias.

El doctor Frankenstein no sólo crea un ser vivo, sino que luego reniega de él, le comienza a parecer una mala idea, le comienza a asquear. El monstruo, paradójicamente, parece repugnar más incluso por el hecho de proyectar sentimientos y dejar clara su intención de ser feliz, aunque sea al margen de la sociedad, con una compañera de su misma “especie”, que le exigirá al doctor.
El aspecto exterior de la criatura, la negación del doctor, la repulsa de todo el mundo cuando ve su creación. Los viajes desesperados. Los actos terribles. Todo está narrado con el fluir del pensamiento, generalmente describiendo Sufrimiento.

La tragedia viene contextualizada en el viaje de un aventurero que, con una cuadrilla de marineros, intenta explorar el Polo Norte.
Allí, verá a una figura enorme a lo lejos, en un trineo tirado por perros. Y luego a un tipo que parece en las últimas, flotando sobre un pedazo de hielo.
Este tipo comienza a contar una historia.
La historia de Frankenstein, a día de hoy, parece más digerible gracias al estilo narrativo de la época (más denso, más “Shakespeariano”). Pero sigue siendo el relato de una tragedia; de una serie de tragedias.
Sigue funcionando como libro alucinado, como novela de monstruos, y esa seguramente es su magia. Nunca se acaba de definir. Siempre es fantasía y a la vez siempre es tragedia, realismo a su manera. Es gótico y es humano. Tiene lo peor del ser humano cuando se viene arriba y luego se desespera, y lo peor del monstruo cuando te pide ayuda, con su horrendo aspecto, y te dice que también siente cosas, que no está aquí sólo por el espectáculo.

Un libro maravilloso y a la vez terrible, nada complaciente, aunque de placentera lectura y narrativa.
No importa que creáis que conocéis la historia. Su esquema es lo de menos. Aquí lo que importa es, entre muchas otras cosas, cuántas formas hay de cagarla, y que el éxito y la pasión por lograrlo es una de ellas. La entrega del Doctor Frankenstein contrasta patéticamente con su negación posterior; y lo más terrorífico es que podamos sentir empatía por él.

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Mary W. Shelley

(Nota: Aunque este libro de 1818 ahora se encuentre por el título de Frankenstein, originalmente Shelley lo llamo Frankenstein o el moderno Prometeo, dejando claro que ya había referencias anteriores del concepto).

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