La letra escarlata

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La letra escarlata se publicó en 1850, y es un clásico indiscutible, con todos los tics estilísticos que se esperan de los clásicos (aunque obviamente no todos se escribieran igual). Probablemente a algunos (jóvenes y no tan jóvenes) les suene por cierta peli noventera de Demi Moore, o quizá incluso por otra peli, llamada Easy A (2010), en que no solo se referenciaba el libro, sino que además soltaba algún que otro dardo envenenado a la peli de Moore (una de cuyas imágenes, por cierto, sirve de portada para la edición que tengo).

Todo lo cual, nos coloca frente a una obra que tiene ahora 167 años de edad, y de la cual se sigue hablando, para la cual se siguen haciendo cosas, sigue inspirando, y la cual (como bien retrata Easy A) sigue siendo útil a mucho profesor torpe para ponerla como lectura obligatoria.
No es una novela larguísima, mi edición tiene 274 páginas, pero sí se podría decir que es larga de leer. Su prosa es lo suficientemente barroca como para exigirte un punto de atención más que con muchas otras lecturas, y su historia avanza entre descripciones floridas, tanto de entornos como de aparatosas crisis espirituales.

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A su vez, la temática que maneja y cómo la vuelca, lo convierten en uno de esos libros que pareciera que en tiempos inmemoriales hubiesen estado flotando en el éter, esperando a ser escritos, uno de esos libros que tenían que escribirse. Uno de esos libros que, ahora, dan la sensación de haber existido siempre, que son inherentes a la condición humana (en este caso para bien). No sólo por añejos o insistentemente estudiados, sino por la simbología y lo básico, a la vez que complejo, de su mensaje, o del aprendizaje (cada cual el que prefiera) que se puede sacar de él.

Esto es un libro de tesis, pues, una de esas obras sobre las que se hacen ensayos, trabajos, exámenes y hasta preguntas para concursos.
Nathaniel Hawthorne escribió también un prólogo para él, bastante extenso además. Si buscáis un ejemplar, mejor que sea con dicho prólogo. A menudo los prólogos son un soberano coñazo; pero no suelen serlo si son del propio autor de la obra. En este caso, el prólogo funciona casi como una suerte de relato introductorio, sólo que en realidad es una descripción de cómo Hawthorne topó con la historia de la letra escarlata, o más bien cómo la misma llegó a él. Son más de cincuenta páginas, pero creedme que merece la pena.

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Este libro, lo que cuenta, es tan sumamente universal, que seguro que habéis oído hablar de Hester Prynne, de lo que Ella representa. Da igual que no hayáis leído el libro, o visto alguna adaptación, obra de teatro o representación con marionetas. Da igual incluso que no hayáis tenido un profesor lo suficientemente torpe como para obligaros a leer literatura decimonónica a los quince años.
Da igual, porque Hester Prynne es un auténtico símbolo literario de algo que todos conocemos. Lo que representa su personaje, no son sólo cosas del siglo XIX. El libro no habla de gente loca del año de la pera, no habla de los tatarabuelos de tu tatarabuelo y lo rústico de su mundo sin Internet.
La protagonista de esta novela, su letra escarlata cosida a sus ropajes al pecho, transmite una sensación de culpa, agobio y juicio severo e injusto del entorno, que se puede encontrar perfectamente hoy en día, aunque no sea en los mismos términos, ni con, digamos, la misma intensidad religiosa (aunque sobre la religión no estoy seguro, pero no divagaré ahora con eso).
Por eso se sigue leyendo La letra escarlata, por tu vecina la beata, esa que sigue espiando por la mirilla de su puerta para saber con quién folla la «solterona» del piso de arriba; por la boda de tu primo por la iglesia, que fue en una iglesia, ahora, en el siglo XXI; por esa chica del instituto que ahora es la guarra oficial porque dicen que folla con quien quiere y cuando quiere; por esa conversación de familia o amigos, en la que de repente susurráis sobre la tía Encarna, que no se quiso casar y va por ahí «con hombres». Por eso sigue vigente La letra escarlata; porque está muy bien escrito, sí, pero también por esos avisos a las chicas: no vistáis como furcias. No hagáis esto, no toquéis aquello, no engañéis. Sobre todo vosotras. Porque, tal y como se menciona en algunos momentos de la obra, puede que nadie te vea, pero te ve Dios. ¿Quién es Dios ahora? Está en tu cabeza, incluso aunque digas que eres ateo, y no digamos ya si eres atea. No es casual que Hawthorne haga que su personaje central para hablar sobre adulterio y otros «pecados», sea una mujer. El entorno de Hester, si lleváramos la historia a nuestro tiempo, no quiere a la chica que se cambia en el ascensor para no ir tan tapada a ver a su ligue, quiere a la vecina que espía por la mirilla y juzga a la «solterona» que folla. Que vive. Los términos en que el personaje comete adulterio, son muy concretos, leed la novela. Pero insisto, no cometáis el error de pensar que los tiempos han cambiado en esencia. Si lo hubieran hecho de verdad, La letra escarlata no sería un libro inmortal; de hecho se habría descatalogado hace más de un siglo. Seguramente hubo quien quemara algunos ejemplares; este tipo de ideas jamás se libran de una buena hoguera nazi.

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La letra escarlata, pues, como suele pasar con los libros imperecederos, no solo aborda un tema universal, sino también muy concreto. Habla sobre un tipo de maldad que está por todas partes. Un tipo de maldad que no tienes que ir a buscar en los terroristas, ni en los políticos, los banqueros o los villanos de moda. Un tipo de maldad que puedes encontrar en tus padres, en tu familia, en tu entorno inmediato. Esa gente que coloca la letra escarlata en los demás, y con los que convivimos. Esa gente que antes señalaba la culpa con fervor religioso, y que ahora raja de quien ha dado la vuelta a la esquina si no se comporta de una forma suficientemente (no nos engañemos) católica, ascética, etcétera.
Una vez más, la escalofriante «gente normal».

Recordad que aunque no haya nadie, Dios sigue mirando.

(Bonus track):

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Un comentario en “La letra escarlata

  1. Siempre es interesante leer acerca de la maldad humana, independientemente del tipo de lenguaje o de la obra en sí misma. Creo que nunca está de más disfrutar de la náusea que produce esa red tan bien tejida que hay alrededor de las maldades humanas, es algo que atrapa, y sólo por ello me parece tu propuesta de hoy una lectura muy acertada.
    “Hombre soy, y nada humano me es ajeno” (Terencio)

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