Los reconocimientos

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Los reconocimientos, de William Gaddis. Por dónde empezar.
Normalmente no me gusta dar ciertos datos ni hacer ficha del libro; no porque eso no aporte nada, sino porque ya lo hace mucha gente, y porque me gusta que cada post sea una invitación a leer, y no información llana y simple, o crítica erudita, obstrusa y autocomplaciente.
Pero en este caso, creo necesario decir que, el libro que nos ocupa, no da para batir récords de lectura. Si te planteas cierto tipo de retos, algo como leer 100 libros al año, este no es tu libro.
La edición de Sexto Piso que tengo, tiene la friolera de 1.369 páginas.
Esto convierte al libro en casi otra cosa. Es la clase de libros con la que tienes que comenzar a contar en meses. No es tampoco aconsejable combinarlo con otras lecturas, ni intentar una lectura rápida, ni proponerse un número mínimo de páginas al día. Todo eso se puede hacer, pero bajo mi punto de vista no tiene ningún sentido.
(Parece que a veces nos cuesta mucho entender que No Hay Atajos para hacer ciertas cosas; pero que eso no ha de ser por fuerza malo.)
He de decir, eso sí, que esperaba que el ritmo de lectura que me iba a imponer la obra, fuera incluso más lento. Teniendo en cuenta de qué obra se trata, se avanza con bastante soltura por sus páginas. Pero sigue siendo muy denso. Es por esto que creo que no tiene sentido proponerse mínimos de lectura diaros. Es uno de esos libros que exige, en realidad, el modo de lectura que se le debería dedicar a cualquier obra: regular, tranquilo, paciente, abierto, y sin esperar nada concreto; el modo de lectura que deja que el propio libro se exprese, en lugar de ser una herramienta más para el ego del lector, o su sed voraz de un entretenimiento vacuo que también podría encontrar en la tele.

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Los reconocimientos es ambicioso y desvergonzado, publicado en los años cincuenta, y además el primero de su autor. Un libro que cayó como una bomba; aunque no tanto entre lectores como entre críticos y gente del “mundillo”. Un libro que, a base de “divagar” y dejar respirar a sus personajes, a base de dejarles hablar digan lo que digan, no deja títere con cabeza. En realidad no se libra nadie, ni autores ni consumidores, ni tampoco el tablero de juego.
El tema central es el arte; el arte en cualquiera de sus expresiones. El arte y cómo se mancilla, y el propio autor intentando con todas sus fuerzas hacer una obra de arte, y consiguiéndolo. Una obra de arte excesiva, deliberadamente imperfecta (o consciente de que la perfección no existe, o bien es aburrida).

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Algo también importante sobre esta obra, es que no solo es larga, sino que además tampoco se sostiene por tramas concretas que evolucionen de una forma, por decirlo así, marcada o familiar. La evolución del libro, en ese sentido, tiene que ver más con la arbitrariedad de la vida real que con la narrativa que se suele esperar cuando pensamos en una novela. Los personajes, más que venir de un sitio e ir a otro, están. El libro, más que comenzar, avanzar y acabar, ya existía cuando empieza, y más que finalizar, se apaga. A Gaddis no le interesa desarrollar ninguna clase de esquema conocido; tanto es así, que ha sido innumerables veces señalado como el precursor claro de autores como Thomas Pynchon o David Foster Wallace. No hay protagonistas claros per se en la obra, sino más bien voces que tienen un poco más de presencia que las otras (aunque las otras nunca se van). Gaddis dibuja en todo momento no solo a la “figura central” de cada segmento, sino también el ambiente en que se mueve: los diálogos se multiplican y se mezclan, a veces da igual quién habla, e incluso lo que dice. Lo que importa es la sensación que se proyecta.
En ocasiones una descripción puede ser a través de los objetos, y otras con la gente que llena la escena. Muchos momentos transcurren en bares, donde los personajes van y vienen, incluso aquel que parecía tan importante y que desapareció trescientas páginas antes… No hay exactamente una evolución dramática, sino una “ampliación del campo de batalla”. Gaddis no quiere contarte la emocionate historia de un grupo de personajes en crisis que acaban mal o aprendiendo algo. Lo que hace es hablarte de determinados temas que obviamente le indignaban, y que, si en su época estaban ya presentes, hoy están completamente enquistados.

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Alguna vez tuve la ocasión de asistir a la presentación de un libro. Obviamente no todas las presentaciones han de ser iguales, no todas han de respirar lo mismo o sugerir lo mismo. Pero leyendo este libro, he recordado algunos de esos momentos; y también muchos otros por el estilo. Seguro que sabéis de qué hablo; cuando se usa el arte, el cine, los libros, el teatro, cuando se usan para añadir un par de líneas más al currículum. Cuando se usa para coleccionar o vender sin más, cuando se mercantiliza a secas, cuando alguien lo convierte en vehículo para intentar follar, cuando otro que no tiene puta idea compra un cuadro para demostrar que tiene el dinero para ello. Cuando la gente presume en lugar de dejarse llevar y deleitarse.
O cuando un “artista” llega a un acuerdo con un crítico y el crítico luego se lleva el diez por ciento. O cuando un medio publicita sólo una obra, negando todas las demás.
Cuando cualquier forma de arte es insuficiente para que algunos se rindan a sus méritos.
Cuando ya no se trata de disfrutar el arte sino de proyectarse como ese gran entendido, aunque tú jamás lo hayas intentado, aunque no tengas ni la más remota idea de qué se siente al embarcarse en algo así.
Cuando hablas sin relativizar jamás.
Cuando dices París o Moscú, no por París o Moscú, sino por ti.
Cuando la Mafia es más importante que la Belleza, y el supuesto amante de la belleza ya es cínico hasta el punto de no retorno.
Etcétera, etcétera, etcétera.

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Con todo, al final hablamos de un libro, y aunque su tema tenga chicha, la Forma acaba siendo crucial. Porque aunque el libro pueda abordar temas políticos o sociales, no es un folleto. Un libro (una obra de arte) no quiere tu voto en las elecciones. Gaddis quiere construir su propia Obra; y como con toda obra, el mensaje no es NADA sin la forma. Es evidente que para Gaddis la forma era muy importante. Con la forma me refiero a eso que no entienden los que tienen gatillo fácil para decir cosas como: “Se podría haber contado lo mismo con menos páginas”. Llega un momento en tu vida como lector, en que sabes que un libro se te puede hacer demasiado largo no porque le sobren páginas, sino porque le faltan doscientas para funcionar tal y como está concebido.
No os quiero engañar, esta obra de Gaddis se hace larga: pide entrega. Pero NO por deméritos, sino porque leer más de mil trescientas páginas, quieras o no, lleva un tiempo. Aun así, cada vez que te sumerges en la obra, la misma no da síntomas de desgaste, sino que se crece, es polimorfa, compleja, salvaje y multitono. Entrarás indiferente en pasajes de los que saldrás fascinado sin saber muy bien por qué. Probablemente desconocerás decenas de referencias, pero las mismas aportarán lo que deben para lo que Gaddis quiere que te llegue. Es verdad, en algunos momentos, con un libro tan largo, estarás más desconectado que en otros, pero en otros tendrás la sensación de que Todos Los Demás Leen Basura. Esto no es un buen libro entre un montón de buenos libros, es de esas cosas que te sobrepasan, pero que, si eres lo suficientemente abierto, lo harán para bien. Esto es Joyce, es ‘El arco iris de gravedad’, es ‘La broma infinita’, es el genio que sabe exprimir el medio, y dotar de un sentido profundo y terriblemente atrayente a la lectura.

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2 comentarios en “Los reconocimientos

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