La condena

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Antes de comenzar con mi perorata sobre el libro y sobre Kafka en general (que seguramente será imprecisa, caótica y estará adulterada por la pasión…), quiero compartiros el fragmento de un artículo que escribió quien he convertido en alguna especie de padrino simbólico de este blog (algo que probablemente a él le parecería ridículo y bastante irritante, por cierto…);

“Algo que a mí me frustra rotundamente cuando estoy intentando leer a Kafka ante estudiantes universitarios es que me resulta casi imposible hacerles ver que Kafka es gracioso. O apreciar la forma en que el humor está entremezclado con la poderosa fuerza de sus relatos. Porque, por supuesto, los grandes relatos y los grandes chistes tienen mucho en común. Los dos dependen de lo que los teóricos de la comunicación llaman a veces “exformación”, que es cierta cantidad de información vital eliminada de una comunicación pero evocada por la misma de tal manera que causa una explosión de conexiones asociativas con el receptor. A esto se debe probablemente el hecho de que el efecto tanto de los relatos como de los chistes a menudo resulte repentino y percusivo, como la apertura de una válvula que lleva tiempo atascada. No es casual que Kafka hablara de la literatura como de “un hacha con la que cortamos los mares congelados que tenemos dentro”. Tampoco es accidental que el logro técnico de los grandes relatos se denomine a menudo “compresión”, ya que tanto la presión como la liberación se encuentran de antemano dentro del lector. Lo que Kafka parece capaz de hacer mejor que cualquier otro es orquestar el aumento de la presión de tal forma que se vuelve intolerable en el momento preciso en que se libera.
Es difícil de explicar con palabras cuando uno está frente a la pizarra, créanme. Se les puede decir a los alumnos que tal vez sea bueno que no “comprendan” a Kafka. Se les puede pedir que imaginen que sus relatos tratan todos de una especie de puerta. Que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no solo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación total por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre… y se abre hacia fuera: que durante todo el tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos.”

–David Foster Wallace (‘Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka’)

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Si queremos ver el vaso medio lleno, lo bueno de compartir parte de un texto de Wallace hablando de lo mismo que uno quiere hablar, es que te liberas de toda presión. Sabes que no vas a estar a la altura; y a menudo es entonces cuando escribir deja de ser nada más que otra forma de marcar paquete.
A esto que acabo de decir, Wallace probablemente diría que dar a entender que quieres llevar a cabo un ejercicio de humildad, no es más que otra forma de marcar paquete, más subrepticia, así que también más miserable. Y Kafka también, ya de paso…
Y la bola de nieve se hace más grande, porque la excesiva autoconsciencia de este texto podría tacharse de posmodernista en el peor sentido (esto es: retórica vacía supuestamente ingeniosa por irónica, con lo que llenas hueco sin abordar realmente el asunto…), otra cosa que odiaba Wallace, basándose en los mismos principios por los que admiraba a Kafka. (Quizá me salve el que esto no es ficción).
No intento que nadie se líe, sino más bien dar una idea de la clase de autor (o autores) sobre la que hablo. Esas personas que, cada vez que las lees, sientes que te tienen absolutamente calado. Sin conocerte (pero conociendo al ser humano y su entorno), saben por dónde vas, qué intenciones tienes o podrías tener, y por qué haces lo que haces.
En esa dinámica de lucidez casi sobrenatural, se podría trazar una línea recta, grosso modo: Dostoyevski-Kafka-Borges-Wallace.
Como dato anecdótico, Borges llegó a decir, no necesariamente muy en serio, que toda su obra literaria era un intento de escribir como Kafka, sin llegar nunca a conseguirlo.

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El dato informativo más importante sobre el libro que nos ocupa, es que todos los relatos que hay en él, tuvieron el beneplácito del autor para publicarse. Así que todos salieron a la luz en distintas publicaciones antes de que él muriera (40 años, tuberculosis).
La historia conocida dice que muchos otros textos (no todos), incompletos o no lo suficientemente revisados por el autor, los filtró su amigo Max Brod, quien, supongo, decidió que, teniendo en cuenta el material, era moralmente más discutible no darlo a luz que no hacer caso al deseo del autor, que dejó claro que no quería que lo hiciera.
Creo que sería un error intentar analizar el libro relato a relato, igual que esas críticas de discos que hacen un repaso canción o canción. O más que un error, aburrido, como en la crítica musical tiende a serlo para mí.
De modo que lo que voy a hacer es seguir divagando (sea eso posmodernista o no), y ver dónde nos lleva esto.

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La primera vez que leí a Kafka fue con una de las múltiples ediciones y antologías que se han publicado tipo “La metamorfosis y otros cuentos”. Me dejaron el libro, y por algún motivo ahora siempre asocio aquello a la primera vez que escuché un disco entero de los Beatles. No hago esa asociación porque vea ningún tipo de vínculo estilístico entre obras. Creo que la hago porque, en ambos casos, estaba degustando algo que la Historia siempre decía era prácticamente intocable. La –a menudo– memez gratuita de “para gustos los colores” tenías que metértela por donde te cupiera. Si te gustaba leer, si realmente te gustaba leer y Kafka no te suscitaba nada, era lo mismo que presumir de melómano y renegar de los Beatles. Al igual que con los Beatles, si no te gustaba Kafka, no era culpa de los libros, era culpa Tuya.
Y no estoy hablando del respeto a los clásicos, hablo de fenómenos concretos. Por suerte, no solo me gustó Kafka la primera vez que lo leí, sino que ya no se me fue de la cabeza (en una época sin Google…), y desde entonces he comprado y he releído relatos suyos, lo he hecho cada vez que he recordado ese sujetar el libro como si se me fuera a escapar la primera vez que leí textos como ‘Un médico rural’ o ‘Informe para una academia’.
Algo que pasa con Kafka, como con muchos otros autores o artistas en general, es que da miedo. Kafka, y sobre todo en los tiempos que corren, da tanta pereza leerlo que da miedo. (El origen primero de parte de este miedo –su académico origen– es algo en lo que ahora no profundizaré.) Da miedo, entre otras cosas, porque Kafka no parece algo que disfrutar, sino algo que estudiar, algo por lo que te van a catear, o que va a hacer que parezcas estúpido. Hay una tendencia (también muy actual) a querer respuestas concretas cada vez que uno ve una película o lee un libro. Es como si siempre hubiese un examen después. Kafka –para los parámetros de lectura que mucha gente comprende– No Se Entiende. Lo cual da la medida de lo estrecha que es la idea de la literatura que suele imperar. Nadie parece interesado por la fascinación, lo indescriptible, la abstracción o aquello que a menudo se banaliza cuando se intenta intelectualizar.
Todos parecen locos por el entretenimiento: un cristal nuevo cada vez, bien transparente, sin golpes, sin grietas, sin niebla al otro lado. Esto hace que Kafka resulte obtuso y desagradecido en el peor sentido, oscuro, enfermizo, la versión literaria del tío que te agua la fiesta, y que ni tan siquiera sabe hablar en tu idioma.
Cuando yo tenía poco menos de veinte años, que supongo fue cuando leí aquella primera vez al autor, estaba sediento de todo lo que fuera “cool” o te hiciese pasar por alguien más inteligente que la media. Escuchaba a los grupos “indie”, veía el cine ídem americano y leía todo lo que cayese en mis manos. Ahora sé que parte de aquella actitud era simplemente una forma de intentar encajar en determinada corriente de “lo que es guay”. Pero algo bueno de todo aquello, es que mi curiosidad era real, y era más fuerte que mis ganas de molar, de parecer muy listo o impresionar a nadie con mis conocimientos pop o culturales. Si no hubiese sido por aquella SED, aunque parte de ella sólo fuese lo que ahora llaman postureo, probablemente jamás hubiese leído a Kafka. De hecho probablemente no hubiese leído, sin más; caería un libro al año de los que salen hasta en el telediario, y ahora seguiría sólo pendiente del fútbol como a los trece años.
Creo que Kafka fue uno de los que me sacó de esa dinámica popular relacionada con los deportes y la canción del verano. Ahora no creo que sea criticable ver todos los partidos de fútbol o concebir la música solo para bailar o emborracharse, pero tengo claro que eso no es lo que quiero para mí; no al menos invadiendo mi rutina.

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Cómo Kafka fue uno de los que me salvó (o previno) de las “corrientes” más populares, es muy complicado de saber. Pero consta de lo que siento cada vez que vuelvo a leerle.
‘La condena’ está repleto de ese tipo de textos que, si has conseguido que nadie te arrebate la inquietud y la curiosidad, son absolutamente infecciosos. A media que lees, establece conexiones y lanza imágenes que son capaces de provocar fuegos artificiales en tu cabeza. Lo interesante de esto, es que en realidad no importa que no sepas explicar bien por qué, o tener una idea concreta de qué quiere expresar cada relato. Mientras lees te surgirán tus propias teorías, incluso si lo crees necesario puedes sacar tu propia conclusión. Pero volvemos a la banalización por el proceso de la intelectualización. ¿Cómo puede seguir fascinándote a cierto nivel algo que (crees) has resuelto por completo? Hoy en día es incluso más absurdo intentar racionalizar algo como los libros de Kafka. Te bastarían cinco minutos de Google para conocer las teorías más populares sobre cada uno de ellos, incluidos los más crípticos y en apariencia surrealistas. No hay que olvidar que los textos de este tipo provocan resonancias distintas en cada lector. El gran mérito del autor es conseguir que párrafos o frases aparentemente (o temáticamente, o conceptualmente) inconexas entre sí, o narraciones que son pura abstracción sin apenas presencia de un contexto concreto, te den toda la impresión de estar ahí para formar algo que resulta Completo al finalizar la lectura. Aunque no hayas hecho pie en el proceso, casi puedes oír el clic que indica que no hace falta una sola sílaba más. Es el único tipo de magia en el que creo.

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