Soy Charlotte Simmons

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Tom Wolfe tiene nada más y nada menos que 85 años. Soy Charlotte Simmons se publicó en 2005. Había leído Ponche de ácido lisérgico y también Todo un hombre, y la verdad, tenía mucha curiosidad por leer un tocho de Wolfe sobre el ambiente en las universidades de élite norteamericanas.
Sinceramente, he catado algunos libros por el estilo, pero sobre todo he visto MUCHAS películas por el estilo (ya transcurran en el entorno del instituto o la universidad). La mayoría, comedias, obviamente, unas mejores que otras, pero algunas también con cierta ambición (no dejéis de ver/leer Las reglas del juego/The rules of attraction, de Roger Avary/Bret Easton Ellis).
Algunas de esas pelis se mencionan en el transcurso de la narración.

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Seguramente por el postureo del lector habitual, aún no he leído La hoguera de las vanidades, el libro que cruzó fronteras y puso al autor en el mapa (el mapamundi, vaya). Wolfe se suele asociar con la corriente que cambió el tono del periodismo americano allá en los setenta. Es raro ver artículo en el que no se le asocie a Hunter S. Thompson, quien no solo escribía distinto a los demás, sino que directamente ficcionaba sus reportajes, acercándote la sensación de sus experiencias, por encima de los hechos concretos o la –a menudo aburrida– verdad presentada con datos.
A día de hoy, más bien desde hace mucho, Wolfe ya no necesitaría demostrar nada. Ni tan siquiera necesitaría ser provocador o hacer ruido, aunque incluso así siga zarandeando a los críticos y calentando molleras. Mientras escribo esto, de hecho, se puede encontrar la noticia con fecha reciente del revuelo que ha causado su último libro (The kingdom of speech).

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Como sea, siempre ha seguido en sus trece, lo cual, en su caso, significa escribir lo que suelen llamar La Gran Novela Americana. Esto suele significar básicamente: libro gordo de un escritor norteamericano; un libro gordo de naturaleza costumbrista que exprima hasta la última gota el tema que haya elegido.
Me gusta la metáfora de la bola de papel. La tarea de un escritor es coger la bola de papel, e ir desplegándola delante del lector, hasta que quede totalmente expuesta. Esto sirve para definir determinada clase de novelas, concretamente la estructura de novela que a todo el mundo le viene a la cabeza cuando piensa en un libro. Narración lineal y división en capítulos, personajes, les pasan cosas, y la historia tiene final (o al menos algo que se pueda hacer pasar por un final). Por todo esto, Soy Charlotte Simmons, a pesar de su intimidante grosor (897 páginas), es perfectamente recomendable, o idóneo para regalar. La historia está explicada sin saltos temporales y está dividida en 34 capítulos (cada uno con su título). No solo eso; además su lectura tiene un límite de velocidad cómodo y holgado. Creo que cada libro tiene su límite de velocidad, el cual lo marca la narrativa y densidad del mismo. Con este libro se puede ir a unas cuarenta páginas por hora, sin problema. Así que sí, es largo, pero es rápido; donde otros libros son carreteras de montaña con acantilados, este es una cómoda y familiar autovía.
(Ojo: Mucha gente confunde lo adictivo o fácil de leer que es un libro con su calidad, pero hay libros que se devoran y que se olvidan a los dos minutos, y que luego hasta pasas a odiarlos…)
Si uno varía como lector, si no se conforma con la narrativa corriente en cuanto a estilo y fondo (por decirlo así), zamparse de vez en cuando el tocho lineal de un buen “junta-letras” es un placer.
Soy Charlotte Simmons es en muchos sentidos un placer. Su comodidad para el lector es uno de los motivos, en este caso para bien. El otro gran motivo, seguramente, son los personajes. Los personajes son incluso más interesantes que el tema. Lo son en el sentido en que puedes quererlos y odiarlos, o quererlos y odiarlos a la vez, pero son tan palpables y están tan bien definidos, que son casi como colegas con los que compartes unos días, unas cuantas experiencias vitales. Son entrañables en el mejor sentido; tanto, que Wolfe sabía muy bien que no debía apurar demasiado la opción del drama. Aquí no venían a cuento determinadas desgracias o golpes de efecto trágicos, ni tampoco fugas de género. Ni siquiera es spoiler; es algo que intuyes desde las primeras veinte páginas.
Aquí lo interesante era explorar un terreno ya conocido (aunque suene aburrido, no lo es en absoluto). Lo interesante era ver cómo Wolfe clavaba su bisturí en el subgénero; cómo haría para describir la órbita social de chavales a mil generaciones de distancia de la suya.

La forma en que Wolfe aborda el tema, es sorprendente en el sentido en que no hace esfuerzo aparente por serlo. No le ha tenido ningún miedo a los tópicos que todos conocemos: hermandades, borracheras, sexo (o búsqueda del mismo, o terror a tenerlo…), notas, cabreos, miedo al futuro, noviazgos artificiales, jerarquías, profesores que destacan simplemente por hacer bien su trabajo… El autor va pasando por cada uno de estos temas, describiendo con detalle situaciones e incidentes, y ganándote a golpe de maña y experiencia para dotar de vida orgánica al texto.
Es interesante que, en uno de los prefacios, el veterano escritor no duda en agradecer a sus hijos la asesoría en cuanto a expresiones y cadencia al hablar de los universitarios contemporáneos, dando a entender al lector el ejercicio de salto al vacío que estaba a punto de llevar a cabo.

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Es cierto que con la traducción se pueden aguar ciertos detalles, pero se nota claramente el esfuerzo (para bien, sin impostura). Y se nota sobre todo en detalles como el deje al hablar de la protagonista. Para dar a entender su acento sureño, se construyen frases en que no se abre la interrogación, pero sí se cierra. El añadido estético que supone te coloca perfectamente en el sentimiento de aislamiento de la protagonista.
Y qué gran personaje es Charlotte, que puede resultar tan tierna como irritante, refractaria a la vida “disoluta” universitaria, pero no por ello dibujada como ningún tipo de cliché católico. No sólo no está perfilada con condescendencia, sino que además subraya valores y ayuda a relativizar la mitificación de la vida estudiantil; la relacionada con el folleteo y la juerga, la sustentada sobre ese principio “adulto” que casi da a entender que lo que vale la pena de la vida, se acaba con el último año de universidad.
Soy Charlotte Simmons es un libro, pues, en los que da gusto sumergirse, dedicarle horas, avanzar y avanzar capítulo a capítulo hasta llegar al último, que es sencillamente ejemplar, y nunca por buscar efectismos o giros alocados para alimentar el boca a boca.

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2 comentarios en “Soy Charlotte Simmons

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