Última salida para Brooklyn

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Para empezar, una pequeña referencia, por si a alguien le ayuda a ubicarse. Hubert Selby (también conocido como Hubert Selby Jr), era la mente que había detrás de Requiem por un sueño, aquella película sucia y a la vez estilizada de Darren Aronofsky, que después de Pi eligió una novela del escritor de Brooklyn, ya de por sí un esteta (o antiesteta), con cuya adaptación hizo las delicias de quienes buscábamos algo contundente que llevarnos a la retina.
Servidor, aunque habiendo devorado la peli varias veces, no leyó esa novela. Con el tiempo, sí leí otra del autor, La habitación, de la que tengo el recuerdo de ser uno de los libros más crudos y salvajes que he leído. Última salida para Brooklyn desde luego no se ha quedado atrás…

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Requiem por un sueño

Selby aborda la decadencia, por decirlo así… Decir bajos fondos también se quedaría corto. Tampoco hablamos de gangsters estilizados de algún modo. Nada parecido a eso. Este libro junta retazos para formar una novela. Textos sobre hombres y mujeres que no viven, sino que están atrapados en su vida. La tensión siempre se masca, y muchas veces se hace evidente, explota y te empapa de sangre o mierda. La delincuencia es pan de cada día, la dejadez, la violencia (cualquier grado de violencia), los bares, el dinero fácil que no lo es.

La prosa del autor, como ya he dejado caer antes, es casi antiestética. Para describir la podredumbre, elige el lenguaje más sencillo posible, y narra a modo de flujo verbal imparable, sin dudar en hacer cosas como no poner comas o usar mayúsculas durante páginas enteras (que no acentúa). Notas en todo momento la sensación de urgencia, lees a toda leche, estás atrapado y a la vez asqueado y a ratos fascinado, y sientes un rechazo que a la vez es morbo, y una extraña sensación de reconocimiento (tienes mucho realismo delante). Esto es otra lectura de las que no se recomiendan en verano. Otra lectura de las que no es recomendable recomendar, a no ser que el recomendado se haga una idea de a qué se enfrenta.

Es imposible advertir de lo que se te viene encima con este autor. Justo ahora, que muchas veces la gente busca empatías extrañas, o que incluso los personajes de ficción les caigan bien, o hasta que sean un ejemplo a seguir (la gente también…), este libro hace justo lo contrario. No te dice que el Infierno esté en la tierra, sino que se limita a enseñártelo. Es probable que ningún personaje te caiga bien en modo alguno. No hay fisura por la que entre la luz. Hay desengaño, tedio, viejos de veinte años, ancianos de treinta, parejas con bebés que lloran desatendidos, y torturas, salvajadas tan extremas como lo es quien las comete, y la víctima. Hay seres humanos. Más que malos o buenos, de circunstancias.
Hay muchos escritores que hablan sobre los contrastes, sobre lo maravilloso y también lo terrible. A Selby sólo le interesa una de las dos cosas.

Mi edición es de 250 páginas. La lectura no ha sido fácil. No digo que no haya sido fácil por la temática o la longitud, sino más bien por uno de los capítulos, especialmente alargado. De todos modos, la sensación final es la de que este es uno de esos libros con mecha, dinamita literaria que parece pensada sólo para lectores de a diario. Esto sería veneno para un lector ocasional. Nadie que lea cinco libros al año (o uno en verano), debería probar con este autor. Aunque por otro lado, quién sabe; a veces esta clase de autores con los que hacen lectores de verdad, los que te dejan pasmado. Selby no intenta darte lecciones, no moraliza, no juzga a sus personajes. Sólo te muestra, y busca la narrativa más efectiva para ello. Es antiacademicista, provocador por defecto, una especie de mensajero llegado de las tinieblas, unas tinieblas desprovistas de elegantes cementerios góticos y preciosas tormentas.

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Hubert

El jugador

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He visto escribir el apellido de este escritor al menos de tres formas distintas. Dostoievski. Dostoyevsky y Dostoyevski. Y eso que yo recuerde. Con este autor ya tenemos problemas desde el nombre. No puedo imaginar lo que ha de ser para un profesor abordar la literatura desde ciertos ángulos.
A mí siempre me ganaron los crápulas. O no los crápulas, sino los crápulas que luego además eran capaces de hacer algo extraordinario, algo sólo al alcance de unos pocos. Dostoyevski (esta es mi opción) lo era. Quien no sepa de qué va esto en absoluto, o a quien no le interese en definitiva, debe imaginarse a un escritor ruso como algo de ciento veinte kilos, cubierto de pelo, encerrado en una habitación, y leyendo y escribiendo sin parar.
Pero lo cierto es que el autor que nos ocupa era cualquier cosa menos un ratón de biblioteca. Hace no tanto, leí un artículo muy largo de David Foster Wallace sobre cierto autor o historiador que había escrito varios tomos sobre Dostoyevski, vida y obra. Hay autores sobre los que ya escriben artículos sobre libros que hablan de sus libros.

Lo primero que leí de quien nos ocupa fue Los hermanos Karamazov. Quedé pasmado, no porque me gustara, que no era tan raro, sino porque además la narrativa era fluida. Temáticamente densa, pero nada abstrusa de abordar.
El jugador es el tercer libro que leo de él, el segundo fue Humillados y ofendidos. Y a estas alturas, creo que no debe existir algo así como una obra mediocre de Dostoyevski.

Según he leído, además tuvo que escribir la novela en un tiempo récord de tres semanas, y con la ayuda de una taquígrafa. Estaba arruinado, tenía la familia de su hermano recién fallecido a su cargo. Por obligaciones contractuales se vio obligado a escribir El jugador por las tardes, y Crimen y castigo por las mañanas…
Eso, al menos, es lo que dicen todas las fuentes, incluido el prólogo de mi ejemplar.

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El jugador es una novela corta. Y teniendo en cuenta el poco tiempo que había para escribirla, tenía sentido que su tema fuese el juego, la ludopatía más salvaje. Algo que marcó la vida del autor.
Curiosamente (o no), aunque el narrador se podría presumir un trasunto del autor, la obra se vuelca especialmente en otro, al que no describiré para no destripar. Esto va, como siempre cuando hablamos de este autor, del conocimiento del alma humana. Observación y reflejo. Pero de una forma al alcance de muy pocos, porque no solo se trata de Ver, sino de saber contar qué has visto, obviamente. Estas cosas que suenan tan simples, son las más difíciles de todas, cuando como escritor no puedes recurrir a efectismos, cuando no hay lugares comunes de género.
Podría haber quien dijera que esto es una obra menor, teniendo en cuenta de quién hablamos. Yo sólo diría que es más corta que otras, por razones meramente circunstanciales. La prosa sigue brillando, y quien tenga la costumbre de subrayar o marcar el texto, no va a poder hacer pausas fácilmente.

El jugador es una historia que, de una forma u otra, ya hemos visto mil veces. Otra vez el Cómo es la clave. Aunque sepas que es mejor no jugar a la ruleta, si no has leído este libro no sabes lo que era para Dostoyevski. Hoy eso es, en cierto modo, la única razón para leerlo, y la única que hace falta.

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Party time

La piedra lunar

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William Wilkie Collins. Fecha de nacimiento: 8 de enero de 1824. Fallecimiento: 23 de septiembre de 1889. Todo ello en Londres. (Gracias, Google). En este caso lo que suelen ser (para mí) datos superfluos, adquieren importancia. Collins es decimonónico, pues, y según se dice, uno de los precursores más importantes de la novela de intriga, de la novela de género moderna, en definitiva. Al parecer el autor le comenzó a coger gusto a lo que en aquel momento aún debían considerarse ideas extrañas para escribir, poco o nada comunes, lo cual no fue óbice para que se ganara el respeto de algunos otros grandes nombres.

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No hace tanto leí el que quizá sea su libro más célebre, La dama de blanco, una sinuosa novela de fantasmas y múltiples giros, que además tiene algunas cosas en común con la que nos ocupa.
La piedra lunar está narrada desde varios puntos de vista, diversos personajes cuentan su experiencia relacionada con la piedra lunar, concretamente con su desaparición, con su robo. La misma, siendo un regalo de cumpleaños para Rachel Verinder, heredera de un lord inglés, anochece en la casa, y al día siguiente la casa amanece sin ella.
Uno de los valores del libro es el marcado carácter de cada uno de los personajes narradores, desde un mayordomo septuagenario obsesionado por Robinson Crusoe, pasando por una beata extremista (incluso para la época) que se refiere a los demás como “mundanos”, hasta figuras más detectivescas, más en contacto con los temas que claramente le gustaba abordar al autor.

Cuando hablamos de libros que tienen doscientos o trescientos años, es mejor no dejar de mencionar el estilo con que están escritos. Collins tenía ideas modernas, pero su narrativa está claramente condicionada, empapada de su siglo.
Al no estar tan familiarizados con las maneras literarias de aquel momento (siempre podemos opinar con más base del presente), cuesta medir el nivel del barroquismo narrativo. Aunque casi diría que, Collins, valiente en cuanto las premisas de sus libros, en la forma de contarlos aseguraba por completo el tiro, no sintetizando en absoluto la verborrea propia de su tiempo.
Esto en otros autores resulta muy placentero. Con Collins, a ratos este libro me ha puesto algo ansioso. Aunque obviamente sus personajes están muy bien definidos, no deja de ser una narración de preguntas que se acumulan. Misterios que sabes casi seguro obtendrán su respuesta. Esto hace que, a veces, la extremada educación o (alargadas) maneras de los personajes, se pueda volver algo irritante. Es algo que no recuerdo que me pasara con La dama de blanco. No soy un lector al que le obsesionen las respuestas, ni que piense en los libros como meros artefactos al servicio de una trama y unos personajes sin más. Todo lo contrario, creo que la literatura tiene, obviamente, mucho más potencial, muchas más aristas. A veces la mera cuestión del estilo es suficiente, por ejemplo, o la trama es sólo una excusa. Con este libro, sin embargo, el peso recae tanto en la piedra lunar y su “viaje”, que las 650 páginas que se alarga, pueden hacerse pesadas por momentos, teniendo en cuenta, insisto, cómo está narrado.

Debo decir, sin embargo, que al acabarlo deja buenas sensaciones, y la más importante es que ha valido la pena. Personalmente lo que hace que el libro finalmente respire y se sostenga, es el origen de la piedra, y su mística (de lo que no he dicho nada aquí).

Este libro es para los muy interesados en los albores del misterio, en cómo la literatura comenzó a experimentar con nuevas formas de atraer al lector.
(De todas formas, no confundir lo anterior mencionado con Ingenuidad; Collins es MUCHO mejor escritor que muchos de los que ahora venden libros a espuertas…)
Si os interesa el autor, recomiendo, eso sí, comenzar por La dama de blanco. Si os gusta, podéis seguir por La piedra lunar, y quién sabe si hasta os guste más que a mí.
(O eso o también podéis no hacerme ni puto caso…)

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Wilkie tumbado

 

Los detectives salvajes

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Imposible hacer justicia a lo que significa (o está significando) para mí este libro. Ni lo voy a intentar, sólo dejaré una líneas por aquí, con la esperanza, como siempre, de que alguien más se anime a leerlo.
Hace más o menos un año que lo leí por primera vez. Este año, por las mismas fechas, me vino a la mente con una fuerza inusitada (porque obviamente nunca se había ido). Bien entrada la primavera pensé que hacía un año que había leído Los detectives salvajes. Casi nunca recuerdo (ni me interesan) los cumpleaños ni las efemérides, nunca sé “cuánto tiempo hace de” cuando se trata de personas (o países, tradiciones, empresas, etc.), yo incluido. Pero mi memoria se vuelve eficaz cuando se trata de libros, películas o discos.
No lo sé con certeza, pero insisto, puede que la obra de Bolaño me viniese a la mente justo un año después de haberla leído, día arriba día abajo. No me ha quedado más remedio que volver a leer el libro; algo me impelía a hacerlo. De todas formas ha sido tan inevitable como placentero.

Este es de esos libros con los que, cuando oigo a alguien rajar, decir que no le ha gustado, que no entiende su prestigio, etc., etc., no me cabe en la cabeza. ¿Cómo uno puede no ver que ahí hay algo especial?
Hay algo en la forma, en la opción narrativa de Bolaño, que lo catapulta hacia modos de abstracción y nostalgia de lo más complejos y atractivos. Decir que es crónica oral, o intentar catalogar o clasificar el estilo, sería no solo un error, sino también odioso. Bastará con decir que todos los personajes del libro tienen su voz, hablan por ellos mismos, y conforman un collage (tampoco creáis que me hace gracia usar esta palabra) con el que van construyendo determinados mitos, mitos que el autor no está interesado por derruir, ni tampoco ensalzar. Mitos relacionados con la poesía y la literatura, movimientos culturales, ciertos nombres, ciudades (especialmente México DF), pasiones, vilezas, y un largo etcétera.
En una primera lectura, es posible que uno se frustre a ratos intentando encajar ciertos detalles, o buscando física cuando más bien se trata de metafísica. Los personajes buscan a Cesárea Tinarejo, eso te dirá cualquier sinopsis, porque ninguna sinopsis puede condensar lo que significa un libro como este.

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Hay tres partes, y la más larga, la central, parece tener espíritu de epílogo, sólo que está ahí, en medio, y es con diferencia la más larga. Decenas de personajes hablan sobre Arturo Belano y Ulises Lima, los dos chicos obsesionados por el “real visceralismo”, un movimiento poético supuestamente creado por Tinarejo en los años veinte. Un movimiento que ellos quieren recuperar. Este tramo abarca veinte años (de los 70 a los 90). La novela va hacia delante y hacia atrás, perfilando más o menos la vida de determinados personajes, pero sobre todo entornos y formas de vivir. Algunos contradicen a otros, y en general todo se centra más en mitos que en realidades, se centra en lo que las personas pueden hacer que crezca como la espuma, a veces partiendo casi de la nada. Escritores que apenas escriben, lectores que llenan diarios y diarios asegurando que escribir no es lo suyo, espabilados que escriben un solo poema raquítico y van por ahí diciéndose poetas. Y el resto de la gente, que ni escribe ni deja escribir.
Pasar hambre, viajar con nada, oír rumores, dejar que un vagabundo ocupe una habitación de tu piso, caminar de madrugada por ciudades extranjeras que no lo son tanto, hacer del mundo entero tu hogar, un hogar más para arrastrarse que para vivir.
Enamorarse hasta el borde del suicidio.
Ir a África porque África tiene mucho que ver con la muerte, y a veces necesitas eso para sentirte vivo.
La segunda parte es un compendio de viajes, habladurías y crecimiento interrumpido de los personajes, a los que siempre tienes la sensación de tener al otro lado del teléfono, como si estuvieras en una cabina de madrugada, en algún paseo marítimo cerca de Barcelona.

Hay quien dice que un libro habla sobre todo de su autor. Podría ser que Los detectives salvajes fuese el modo que tuvo Bolaño de hablar de latinoamérica, de los poetas jóvenes y de su relación con ellos. La primera y última parte del libro, que juntas sí funcionan como novela corta (maravillosa), están narradas a modo de Diario por García Madero, al que por inercia uno puede confundir con un trasunto de Bolaño. Uno puede pensar que ahí Bolaño habla de su juventud. Pero al lector poco le importa eso, y es evidente que esos dos tramos del libro, mucho más cortos, no funcionarían con tanta fuerza sin el caos narrativo buscado que conforma la mayor parte de la obra, y que construye algo en lo que cualquier lector debería intentar entrar. Ese mundo donde el famoso spoiler no tiene nada que hacer, porque la experiencia está en la lectura, en el momento, el párrafo que tienes delante, o no está.

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Roberto Bolaño (28 de abril de 1953, Santiago de Chile, Chile
Fallecimiento: 15 de julio de 2003, Barcelona

Esfera

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Me he dado un pequeño atracón de Michael Crichton. He leído esta novela y también he visto la película. Para ser preciso, la tengo de fondo mientras escribo esto, muy avanzada, y cada vez estoy más convencido de que ya la vi en su día.
Ya tenía referencias de Crichton, la que tiene todo el mundo (Jurassic Park), y algunas otras, como El hombre terminal, Estado de miedo o Rescate en el tiempo.
Cuando ya te has pasado unos años intentando escribir ficción, aunque no le haya importado a nadie, te fijas por defecto en detalles que antes pasabas por alto. Detalles narrativos, de estilo, tono, forma, etcétera.
Crichton tuvo una larga trayectoria, y dejó un buen puñado de novelas. También muchas de ellas se llevaron al cine. Su tono parece intentar lograr un equilibrio entre la rama dura de la ciencia ficción y las historias más relacionadas con la peripecia, la aventura y el espectáculo. Algo así como mitad fascinación mitad malabares. O mitad investigación científica mitad epidermia.
A algunos críticos o seudocríticos como yo, esto les irrita, les hace escupir teorías sobre el efectismo del escritor, y que en realidad pudo haber tenido una obra más densa –en la línea de Asimov o C. Clarke–, y en lugar de eso prefirió amontonar pasta, o simplemente venderse al cine comercial, incluso pensando ya en la adaptación de turno mientras escribía, y acomodando la historia a lo visual. Todo para limitarse a esperar una llamada segura que supondría un nuevo jugoso cheque.

La verdad es que no sé hasta qué punto el éxito le acabó condicionando. Pero no veo por qué se habría de concluir que no escribía los libros que quería escribir. Es cierto que su obra no parece tener la ambición artística de otras, pero tampoco creo que estemos ante un material facilón que uno pueda producir en serie, poniendo el piloto automático, y siempre convencido de que Hollywood va a llamar a tu puerta.
La propia Esfera no es un libro de fácil adaptación, no es complaciente en ese sentido, y me ha parecido de los más densos y arriesgados del autor.

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Esta novela tiene reminiscencias estéticas de ‘2001…’, así como de muchas otras obras que transcurren en el espacio, aunque esta vez los personajes estén trescientos metros bajo el océano. Son científicos, están aislados, y tienen que investigar una enorme nave espacial que lleva trescientos años medio soterrada en el lecho marino, estrellada.

Las premisas de Crichton suelen ser espectaculares, difíciles de ejecutar, y también la mayoría de veces están muy bien resueltas en su tono. Al fin y al cabo es el autor quien decide el nivel de profundidad de su obra. Lo cual no quita que tengas que documentarte para hacer mínimamente interesante el contexto. Como sea, si una película o un libro funcionan por sí mismos ¿para qué sirve, por ejemplo, un atracón de verosimilitud? Curiosamente hoy en día el consumidor de ficción es cada vez más exigente; en mi opinión por los motivos equivocados. Cualquiera sabe que la premisa de Parque Jurásico es increíble; pero eso antes a nadie le importaba un carajo. El libro funcionaba, la peli también. Ese es el espíritu de gran parte de la obra de Crichton, quien sólo apega a la realidad su ficción lo justo y necesario, porque sabe qué material quiere servir, y porque es mejor ser Michael Crichton que, por ejemplo, un Athur C. Clarke de garrafón.

Esfera se lee rápido, y es rápida. Aunque ronda las cuatrocientas páginas, no es necesaria ni una semana de lectura nocturna para terminarla. Ciertos datos científicos y la atmósfera que crea, ya son motivos de sobras para leerla. Crea personajes de perfil muy marcado y luego la novela crece en intensidad debido a ello; en lugar de desinflarse un tanto como les pasa a otros libros de sinopsis explosiva, aquí pasa justo al revés.

Llamemos a esto ciencia ficción o fantasía, funciona, está muy bien engrasado, e invita a leer otros libros del autor, que, por más que se hiciese rico, desde luego jamás se tumbó a la bartola.

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Michael en el rodaje de ‘Almas de metal’, ¿os suena?

Noches de tormenta

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Conocía a Nicholas Sparks de la misma forma que lo conoce mucha gente: no había leído nada de él, pero había visto películas. Películas que se suelen enmarcar en la distancia irónica de muchos espectadores, que hablan del placer culpable que supone disfrutarlas. Al final, sin embargo, el placer es placer, y adjetivarlo es más bien una forma de intentar parecer más listo o exquisito. Es cierto, aun así, que al ver ciertas películas, eres consciente a la vez del trazo grueso y de que te han atrapado.
Tenía ganas de leer a Sparks, porque he disfrutado algunas de las películas que le han adaptado, y porque, aun habiéndose hecho de oro, parece haberlo hecho a su manera, sin unirse a corrientes de de actualidad, sólo escribiendo novelas románticas que no acababan de ser catalogadas explícitamente como novela rosa. No verás en ninguna portada de uno de sus libros a un tipo cachas mirando desde las nubes a una mujer suplicante abrazada a sus tobillos. Te guste más o te guste menos, Sparks se reserva una dosis de dignidad.

Me alegré de haber topado con este Noches de tormenta, ya que no solo tenía en mente leer a Sparks, sino que prefería hacerlo con un libro del que no hubiese visto la adaptación. Quería comprobar cuál es el “toque Sparks”, por decirlo así, qué tiene su prosa que ha conseguido el visto bueno en tantos despachos y ha convencido a tanto público.

Da la sensación de que el autor logra condensar todo lo que el imaginario más popular (y básico, en cierta manera), considera romántico o bonito.
La prosa es fácil, fluida y tiene la dosis necesaria de magnetismo. Este libro en concreto no llega a las doscientas páginas, con lo que en dos o tres tacadas puedes terminarlo. Quizá en ese sentido no sea muy representativo, ya que a juzgar por ciertas películas Sparks, imagino que tiene novelas más complejas en cuanto a estructura narrativa y número de personajes. Noches de tormenta es casi un relato corto que gira en torno a un hombre y una mujer, ambos divorciados, que se quedan solos en una especie de hotel rural frente a la playa. Ella se encarga del hotel por un tiempo, él es su único cliente durante un fin de semana.
Puede parecer que el autor se lo hace venir bien (incluso demasiado bien) para sentar las bases de la historia de amor, pero lo cierto es que, aun siendo así en gran medida, los personajes están bien construidos; sabes de dónde vienen, cuál es su crisis, y qué buscan o anhelan. Sabes cómo han acabado allí, cómo se han encontrado. Les entiendes y empatizas.

La prosa de Sparks, paradójicamente, parece más solida y menos obvia cuando desarrolla entornos y circunstancias ajenas a la historia de amor central, que cuando se sumerge en ella. Entonces es cuando se vuelve más tópico en el lenguaje, es entonces cuando más recurre a lugares comunes narrativos. De ahí que antes dejara caer que, de algún modo, su forma de condensar la idea que tiene mucha gente de lo romántico, es volverse a ratos demasiado básico o facilón.

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A su favor debo decir que, aunque sí he disfrutado películas como El diario de Noah o Un paseo para recordar, lo cierto es que pueden hacerse largas, un pelín tediosas, te puede dar un ataque de bostezos fácilmente si estás cansado. Eso puede pasar viendo a Sparks. Pero no leyéndole. Como suele pasar, el material original se sostiene mejor en manos de su autor. En ningún momento me he aburrido leyendo el libro, de hecho me lo he merendado en tacadas de cuarenta páginas. En parte porque está bien escrito y en parte porque quería acabarlo, es verdad; pero no hubiera leído así de rápido si no me hubiese interesado la historia que narra, y los personajes que dibuja.
Algo más que quiero añadir, es que el libro no me ha hecho llorar ni me ha tocado la fibra especialmente. Dato que en este caso sí me parece relevante destacar. Aunque no tiene por qué ser necesariamente un defecto; de hecho seguramente en las películas te clavan más adentro el puñal (con música y lágrimas a lo Meryl Streep), y en este libro parece trabajarse más la melancolía, y la dosis inevitable de tragedia personal que el autor nunca deja fuera de sus historias.

Me queda la duda de si su prosa me ha interesado como para volver a leer algo suyo. Probablemente sí, como algo ligero con lo que compensar lecturas más densas y cabronas. Sparks, aun siendo muy aficionado al drama, por comparación con otros es un osito de peluche. Como sea, también es un escritor respetable, y sobre todo exitoso. Seguro que en muchos artículos han puesto a parir su obra, pero probablemente sea tan necesaria como desengrasante como otras para enmierdarte.

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El bueno de Nicholas

La cúpula

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Podría fingir que esto es una entrada más, o que Stephen King no me interesa más que la Coca-Cola o hacer cola para ver algo de Marvel. Pero sacarlo de lo personal sería un error, al menos de entrada. Cuando tenía en torno a diecisiete años, hubo escritores que me impulsaron a escribir (y no es que empezara ya en aquel momento). Pero unos años antes de eso, tuvo que haber escritores que me animaran a leer. El primer libro que recuerdo haber elegido y leído por mi cuenta, que no fuera Deberes ni para contentar a ningún adulto, fue La estaca de Richard Laymon. Pero el autor que definitivamente me hizo Lector, fue Stephen King; empezando por Christine, y siguiendo por al menos una docena de libros más, todos devorados en aquella época.
Aquel momento de mi vida era una guerra entre el colegio (que intentaba con todas sus fuerzas que odiara la lectura y matar mi curiosidad natural) y los autores que leía con el único propósito de disfrutar y Descubrir.

Luego pasó una etapa de más de diez años de leer otras cosas. Ningún autor resiste el envite de insistencia lectora al que sometí a King, necesitaba otras cosas. Pero King seguía ahí, a veces estable y a veces borracho, a veces incluso convaleciente, como cuando le atropelló una furgoneta. Nada de todo eso le impidió continuar escribiendo.
Tarde o temprano yo volvería a él. A leer y a releer.
Hace poco me volví a leer Christine, y leí Carretera maldita. Aun teniendo ya cierto bagaje como lector, no tuve problemas para volver a disfrutar de la prosa de terror de Maine. Luego vi en Sant Jordi un ejemplar de segunda mano de La cúpula. Más de mil páginas. Una obra relativamente reciente, ambiciosa y reciente. Era un buen momento para comprobar si el mojo del maestro seguía intacto.

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La cúpula nos presenta a Chester’s Mill, una ciudad pequeña sobre la que un día, sin aviso de nadie, cae una barrera (una “cúpula”) que encaja perfectamente con el límite municipal, cercando el pueblo. Una barrera totalmente invisible, a través de la cual se puede hablar con normalidad, que deja atravesar el aire y el agua, aunque poco, y que nadie sabe a qué viene, quién la ha puesto ahí ni con qué propósito. La barrera se puede tocar, pero el primer contacto puede impresionar, y hace que exploten los aparatos electrónicos, incluidos los marca-pasos.
Etcétera.
El propio King, en un par de páginas a modo de epílogo, dice que hacía muchos años que tenía la idea de la novela en mente, concretamente desde 1976. Por aquel entonces no se atrevió a ir más allá de las primeras setenta páginas. Recuperó el proyecto un par de veces, pero se acobardó ante la complejidad del mismo, las implicaciones científicas, meteorológicas y etcétera que suponía la historia.
Finalmente, en 2009, el libro se publicó.

Muchas cosas me han llamado la atención de esta obra. La mayoría positivas (obviamente, si no no hubiera terminado las 1.131 páginas…), y otras que me han hecho arrugar un tanto la nariz.
Con estas cosas nunca se sabe. Lo digo porque los detalles que no me han gustado tanto, podrían ser resultado de una traducción menos trabajada de lo necesario. Pero me extrañaría, porque son tics que van apareciendo durante toda la novela. Detalles de estilo. Da la sensación de que King batalló con este libro tan duramente, que en algunos momentos sus ganas de avanzar le hacían descuidar un tanto la estética de la narración, hasta el punto de poner el piloto automático del escritor más artesano y menos florido. Esto en sí mismo no es necesariamente malo, pero como lector ferviente de King que he sido, sé que puede tener más estilo que aquí; King puede escribir más bonito que algunos tramos de esta novela, y también mejores diálogos. En algunos momentos, cuando intenta aliviar incluyendo notas de humor, resulta un tanto atonal. En otros momentos, parece estar narrando según su escaleta de acontecimientos, pero dejando demasiado de lado la forma en que los plasma.
Seguro que suena peor de lo que es, y sólo ha sido mi impresión, que quería compartir.
Por otro lado, el bueno, el libro tiene ideas jugosas, enormes, muy difíciles de llevar a cabo, y el autor las torea con habilidad, haciendo que nunca pierdas el interés por la historia, que no deja de ser una especie de cuento enorme, épico, plagado de personajes, y con algunas trazas de los mejores y peores comportamientos humanos. Cuando la gente del pueblo se ve encerrada, parecen amplificarse las cualidades y defectos de sus habitantes. Esto queda perfectamente reflejado. Todas las tramas dialogan perfectamente entre ellas, se suceden las tensiones, los momentos horribles y terroríficos, y también juega su carta lo sobrenatural, o lo desconocido, sin duda uno de los puntos fuertes de La cúpula.
Un puntazo es su tramo final, porque King sabe contestar muy bien a las preguntas que plantean sus ideas, por enormes y difíciles de manejar que sean. Y el modo en que lo hace aquí es perturbador y a su vez poético. Funciona, por decirlo así, tanto en lo material como en lo abstracto.
El mojo de King sigue intacto, y sin duda leer a King seguirá siendo parte de mi vida.
No dudéis si veis este tocho en alguna estantería, es largo pero estoy seguro que no os durará más de dos o tres semanas entre los dedos.

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El tito Stephen