Madame Bovary

 

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Madame Bovary es otro de esos libros…, otro de esos clásicos hoy día más asociados al estudio que al placer de la lectura, más relacionados con un examen que con una lectura de elección personal. La clase de libro que se utiliza para ahuyentar a los jóvenes de los libros cuando aún son niños. Un libro decimonónico, referencial por derecho propio, que la cultura de la producción y la sociedad de consumo se han encargado de convertir en la clase de artefacto que asocias al aburrimiento, la obligación, el sacrificio, o el vivir sola con un montón de gatos.
Incluso la gente que sabe mínimamente de qué hablas cuando hablas de Madame Bovary, tiene un par de razones no confesas sobre por qué ya no van a leerlo. Por ejemplo porque ya saben cómo acaba. Porque, a pesar de ser un libro que el mundo académico ha intentado masticar, tragar y cagar, sigue siendo parte de la cultura popular, por lo que una parte de ella sabe cuál es el sino de Emma Bovary.

Emma Bovary es la clave, ya que a través de ella conocemos a los demás, que son (aunque esto sólo es un apriorismo) la razón principal de su sufrimiento, y puede que también de sus malas decisiones. No por ello Flaubert dibuja un personaje femenino ideal (o idealizado), seguramente sólo nos describe a una persona como otra cualquiera, aunque sea con los tics del momento. Nada de lo que pasa en Madame Bovary ha perdido vigencia. Es posible que sólo hayan cambiado las formas. Hay temas tan genéricos como el matrimonio y el adulterio, y probablemente el más importante: el aburrimiento, el aburrimiento existencial, el llevar fatal la sequedad de la vida, que parece incapaz de ofrecer más que rutina. Una vida donde el ensueño es fugaz, y luego los días, uno tras otro, se encargan de oxidar lo que sea que bombee tu corazón.
Bovary se casa con un médico, y se descubre viéndolo al poco como alguien totalmente previsible, plano, soporífero incluso en la forma de quererla. Charles Bovary, paradójicamente, y aun desde su aparente e irritante (para Emma) calma bovina, sí parece entender el mundo (mejor, al menos), o haber nacido resignado a ser triturado por las fauces de la monotonía. Pero Emma no sabe cómo lidiar con ello, ni con él, y a medio plazo tampoco con el resto de personajes, cuyas intenciones y reacciones acaban siendo para ella tan previsibles y pragmáticas como dañinas.
Esta obra se las trae, porque su poso filosófico, su tesis potencial, hace que por un lado entiendas a Emma, y por otro a Charles. Y existe esa aparente certeza (una deprimente) sobre cómo es el mundo que habitan (el nuestro), y que si chocan contra él, quizá sea simplemente porque no han sabido aprehenderlo. Conceptos como el romanticismo se ponen en tela de juicio, y la pasión, por contraposición con el matrimonio, se vuelve una suerte de tentación llegada del Infierno de Dante.

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Pero lo último que quiero hacer aquí es contar mi versión. La grandeza de este libro está en su sostenida eficacia para describir y desmenuzar temas universales. Además, su arco narrativo, el modo en que se desarrolla la historia, es absorbente, y los exabruptos de la misma resultan fascinantes, incluso chocantes. Y no es así porque haya giros espectaculares, de hecho ni tan siquiera importa si puedes deducir el final o el final no te sorprende. El camino está lleno de patetismos en los que nos podemos ver reflejados. Ahora no hablamos igual, ni reaccionamos igual, no vestimos igual, y somos mucho más cínicos. Pero en cualquier caso sería una torpeza pensar que ahora para ciertos asuntos somos más listos, o que nuestra brújula emocional está mejor calibrada, o que ahora no hay Emmas ni nos podemos reconocer en ella.
Quizá este libro no sea ideal para hacer lectores, quizá no conecte con chicos y chicas de quince años, pero sí es una lectura cuyo genio es atemporal, y que en la edad adulta tiene un eficacia demoledora. Es un buen ejemplo de que la ficción no te cuenta lo que pasó, sino la intrincada verdad de lo que pasa.

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It

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Tiene mucho de frustrante intentar defender una relectura a todos los niveles de un libro como It. De un autor archiconocido que cuenta con más de sesenta novelas en su haber, y al que, aunque con buenas maneras, se despacha simplemente como escritor de terror.
A veces, por mera casualidad, se dan las circunstancias adecuadas, y abordas una obra justo de la manera más ideal. En mi caso, la primera vez que leí este libro fue con menos de veinte años (puede que con quince), y esta segunda ha sido con más de treinta. Lo que a su vez coincide más o menos con la horquilla de edad de los personajes tal y como evoluciona la novela, en que los conocemos de niños, y de un salto ya en la edad adulta.
Mi lectura de temprana juventud buscaba emociones fuertes, algo excesivo, retorcido y escabroso contado por alguien que supiese ponerte los pelos de punta. Mi lectura actual, obviamente, ha sido muy distinta, mucho más receptiva y abierta, mucho más en la línea de las emociones complejas que ofrece el libro.

Se podría hacer un ejercicio de simplismo no del todo equívoco, y limitarse a concluir que la novela va de la pureza y fuerza de la niñez, y cómo hay que intentar que eso jamás se muera en nosotros. Pero en las mil quinientas páginas de King, hay algo más que desesperación al respecto, hay poesía, muy negra y muy luminosa, y hay una defensa a ultranza de la imaginación casi como modo de vida, sin negar la mierda siempre presente de la misma.
Ese monstruo multiforme, onírico y a la vez tocable, extraterrestre y a la vez humano, algo que asociaríamos sobre todo a la edad adulta, es la forma que tiene el autor de ensuciar también a los niños. En cierta forma, defendiendo sus padecimientos, poniéndolos en pie, desmitificando su buena vida a la vez que ensalza las cualidades de quienes no se han entregado por completo al cinismo. Los personajes se aferran con uñas y dientes a los sentimientos más básicos, positivos e irracionales, para poder combatir el Mal. Todo parece jugar en su contra, incluida la memoria, pero sobre todo la rutina de quien ha crecido y ha perdido demasiado de lo que era cuando tenía once años.
¿Cómo recuperar la capacidad de fascinación?
¿Cómo se puede matar a un monstruo real si no se cree en él o casi se ha olvidado al “madurar”?

Derry se erige como la ciudad en la que te criaste, y su maldición es la que tiene que padecer cualquiera en cualquier parte. Con quince años, It es un cuento enorme de terror, y con más de treinta da mucho miedo, pero por razones ajenas al payaso. Pero también es emocionante y profundo, es romántico, es certero en su ternura. Y es muy, muy valiente.
Hay un momento que me parece particularmente representativo del espíritu del libro, sobre todo teniendo en cuenta lo importante que es en él la contraposición del adulto con el niño.
Daría algo por ver qué cara pondrían algunos ahora leyendo esta escena, que en realidad tiene todo el sentido, rehuye toda clase de morbo, y encierra un enorme significado.
SPOILER Los críos (que recuerdo, tienen once años) están a oscuras en las cloacas. Vienen de haber luchado contra el monstruo, ni tan siquiera saben si lo han derrotado. Se desesperan, se quedan paralizados, se han perdido. El más ducho para guiarse por ese laberinto no tiene nada que decir, el más carismático, el líder, no tiene nada que aportar. Los demás callan o lloran. La única niña del grupo, sin embargo, rompe el silencio. Y lo hace para comenzar a desnudarse. Beverly Marsh dice que les quiere, y que quiere compartir eso con ellos. Están a oscuras, lo cual ha hecho que se pierdan, pero a la vez eso (y Eso) les mantiene lejos del mundo que conocen y les humilla, el mundo de los adultos. Nadie les puede ver, pero sobre todo nadie les puede juzgar. Incluso la línea entre lo que está bien y está mal, es difusa. Sólo saben que están juntos, y que, para bien, sólo se tienen entre ellos en la vida.
La única que decide hacer algo al respecto, es la niña del grupo. Uno a uno, los acomoda sobre ella, y les hace penetrarla. No le resulta agradable en lo físico, sólo en lo emocional. Todo el ritual (porque más que sexo es un ritual), al que los niños acceden –primero a regañadientes, y luego dejándose llevar por impulsos físicos–, acaba por volver a unir lo que el miedo, la oscuridad y las cloacas estaban separando. Un momento de intimidad chocante entre los personajes, en que todo lo que ofrece el libro a cierto nivel, se aúna para arrojar luz en la pesadilla del momento. FIN DEL SPOILER

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Otro detalle que en esta lectura me ha llamado la atención (y conmovido), es cómo King narra y estructura la historia. Sabe de lo importante que es hacer dialogar a los niños con los adultos, a la trama con niños con la trama de adultos. Supo que todo habría perdido fuerza y sentido de haber sido contado de forma lineal, como una simple venganza. Si hubiese dado por hecho que los adultos son más fuertes que los niños, lo habría echado todo por tierra, ya que la tesis es más bien la contraria. El adulto se debilita, porque pierde facultades interiores, a medida que gana herramientas para manejarse en el exterior. Y Eso no vive ni dentro ni fuera, es una amenaza que no puede combatir la fuerza, o mucho menos una estrategia militar.

Alguna vez oí decir de niño que Stephen King es “una buena forma de empezar a leer”. No dejéis que os metan discursos académicos o pseudo-académicos en la cabeza. No dudéis en leer esta novela compleja, preciosa y terrible si aún no lo habéis hecho, tengáis la edad que tengáis. Porque, entre otras cosas, justo de eso va todo esto.

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Venga, que seguro que sabéis quién es la muchacha

Que no muera la aspidistra

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Por algún motivo este libro se ha llegado a publicar con dos títulos en España. Si la edición es lo suficientemente antigua, llevará por título ¡Venciste, Rosemary!; pero las ediciones actuales optaron por una interpretación del título original: Que no muera la aspidistra.

Orwell se ha sacado casi siempre a colación o bien por 1984 o bien por Rebelión en la granja. Pero lo que yo aconsejaría es leer cualquier libro suyo con el que deis (y no tiene pocos).
El que nos ocupa no tiene un análisis fácil, a no ser que uno se quiera poner muy moralista y hacer una lectura cerrada. A mí me parece evidente que Orwell no se dedicaba a pergeñar ideas con las que lanzar un lema simple de 300 páginas.

Aquí tenemos a un personaje central que escribe poesía, y que toma la decisión de intentar por todos sus medios vivir de espaldas al capitalismo. El sueño de Gordon Comstock es hundirse poco a poco, vivir en lo más bajo, repudiar los principios básicos de trabajo y convivencia que la mayoría de gente acata con resignación. El dinero está por todas partes y lo emponzoña todo. Comstock parece intentar combatir la hipocresía que se lleva a cabo cuando se pretende disimular de un modo u otro que TODO es dinero. No sólo es dinero la cuestión del sustento más básico. Las amistades son dinero, el amor es dinero, salir es dinero, relacionarse es dinero, si no tienes dinero –y tenerlo es alimentar algo terrible–, básicamente no puedes hacer nada. El dinero da la medida de todo. No hay un mundo abstracto más allá de él. Puedes creer que tienes acceso a ciertas cosas, pequeñas o grandes, pero sólo si hay siempre una cama de dinero. Es lo ÚNICO de lo que jamás puedes prescindir, por encima de la amistad, el amor, las relaciones, y todo cuanto nos dicen es imprescindible para alcanzar la plenitud.

De ese modo, Comstock se ve impelido a buscar trabajos miserables, intenta alejarse poco a poco de la gente que se preocupa por él (para él un lastre), y alimenta su Idea, mientras intenta acabar una obra poética llamada London Pleasures.
Obviamente, y dado que la autodestrucción a cierto nivel no es una opción para él, se ve constantemente enfrentado a una contradicción. Algo así como la contradicción definitiva. Poco a poco se va dando cuenta de que, en realidad, aislarse no es fácil. Esas energías abstractas de las que habla siempre sin parar la gente, esos vínculos, son muy complejos de obviar. A veces incluso es difícil no tener algo de dinero, aunque sea muy poco.
Pese a los principios del personaje –que cualquiera que se autodenomine a menudo cuerdo o responsable considerará un tarado–, puedes llegar a entenderle de la manera que él quiere. Ahí, creo, es donde reside la magia (negra) del libro. Comstock tiene su propia fantasía sobre la resignación. La única manera de evitar que el dinero te haga pasar vergüenza a un nivel u otro (por no tener nunca suficiente, obviamente), es intentar llegar a un estado de ánimo y un lugar en el que su valor se reduzca a mínimos.

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Hay algo en esta obra que te puede conmover de formas inesperadas. Puedes llegar a sentirte representado por ese personaje de maneras casi inconfesables. Puedes entender muy bien su contradicción, su rabia, su búsqueda de una independencia que no dependa de lo mismo de siempre.
Piensa que te alegraras de encontrar un trabajo en el que te pagaran una miseria, que tuvieses que vivir en una habitación minúscula, que no pudieses apenas salir o tener vicio alguno, que las limitaciones fuesen evidentes, que el mundo se estrechara a tu alrededor. Y que eso, de alguna manera, supusiese un alivio, te liberase de toda presión.

Comstock no es tanto un personaje como un camino, algo demonizado y repudiado hasta la saciedad. La clase de opciones que te enseñan a no elegir.
¿Aún no tenéis ganas de leer el libro?

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El tito George

Los restos del día

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Creo que comencé a oír hablar de Ishiguro a raíz de la película Nunca me abandones, que adaptaba una de sus obras. Enseguida me llamó la atención su dramática sinopsis, y cómo casi parecía mezclar Oliver Twist con una distopía propia de Philip K. Dick.
Los restos del día ha resultado ser el primer libro que leo de él. Una edición de 250 páginas de prosa impecable y lectura fluida.
Hay autores con los que da la sensación de que, son tan buenos narradores y tan elegantes como tales, que no necesitan hacer ningún experimento que quizá venga a compensar carencias. Parece evidente que Ishiguro se empapó a muchos niveles de la cultura inglesa. Nació en Nagasaki, pero Inglaterra acabó siendo su verdadero hogar, y donde se instruiría y crecería, hasta convertirse en la referencia literaria inevitable que ya es.

Los restos del día es casi el ejemplo ideal de lo que es un LIBRO con mayúsculas. No demasiado largo, sofisticado, rico en su narrativa y lenguaje, profundo, complejo, con un punto de amargo realismo. A su manera, es la clase de obra que respetan casi por defecto los “amantes de la literatura” más conservadores.
Es la clase de libro que, no nos engañemos, a muchos puede parecerles un tostón.
Su premisa no invita a pensar que tienes un caramelo entre manos, o algo de lo más electrizante, divertido o provocador. Es, se podría decir: antisensacionalista a cualquier nivel, porque su narración en primera persona recae en el personaje de un mayordomo inglés. Y no un mayordomo que luego resulta ser la monda, se disfraza de mujer o tiene cadáveres en el desván. Esto no es la señora Doubtfire en modo alguno. Nada aquí deriva a un género u otro.
Realmente es un mayordomo inglés, y se comporta como tal. Uno que habla de su experiencia al servicio de ciertos caballeros, y de cómo se lleva a cabo la tarea del modo correcto, hasta llegar a sublimar la profesión.

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La chicha en esto está, por lo tanto, en ir descubriendo, mientras lees el libro, que en realidad no tienes mucha idea de lo que hace o deja de hacer un mayordomo. Y de que la dignidad no es inherente más que a la propia voluntad de hacer bien las cosas. Se puede ser digno creando, pero también sirviendo, haciendo del caos una vía transitable para otros.
Obviamente estoy simplificando mucho. El personaje profundiza en estos elementos, desarrolla su visión del trabajo y de la vida, y lo hace a modo de flashbacks, mientras viaja para volver a encontrarse con alguien muy especial.

Desarrollar o teorizar más, sería o bien incurrir en spoiler o bien dar una visión equívoca del libro. Como sea, es cualquier cosa menos un tostón (ha caído en menos de una semana), es una belleza, y es un regalo si buscas una historia clara, lineal, escrita con el mejor gusto, y con un final precioso.

Leed a Ishiguro, es comida para el alma.

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Kazuo

Seis de los grandes

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Leer Seis de los grandes de Ellroy ha resultado una bacanal de datos, nombres, instituciones, jurisdicciones y tramas dentro tramas mezcladas con otras tramas… Un ejercicio de memoria constante. Lees diez páginas (tiene más de 800…) y empiezas a saciarte, tienes la sensación de haber avanzado una barbaridad.

Creo que ahora soy mucho más consciente del estilo o intención con que están escritos algunos libros, cómo están construidos (tanto que había leído otros libros de Ellroy y es como si lo leyera por primera vez).
Creo que me ha costado unos quince años de leer y escribir (sin que nadie me obligue) el percatarme de ciertas cosas. O quizá es porque este año he escrito (sin que nadie me obligue) sobre todos los libros que he leído…
El libro está muy bien, por cierto.

Seis de los grandes no es solo un policíaco o una novela negra. Ellroy hace mucho que se considera más historiador que novelista. Incluso desprecia un tanto la figura del novelista que se sienta a “crear un mundo con sus propias reglas”. A Ellroy le apasiona el trabajo policial, y le apasiona cómo se desarrollan los tejemanejes de las instituciones y la mafia. Pero necesita un contexto, y necesita que sea real. Su país, o Los Ángeles.
Este libro es el segundo de su “trilogía americana”, y empieza con el asesinato de Kennedy. Ellroy básicamente narra los años sesenta norteamericanos, saltando entre las ciudades más relevantes, e incluso yéndose a Vietnam. Según él, todo estaba interrelacionado. No es difícil creer que, si matan a un presidente de un tiro, ha de haber algo muy grande detrás, turbio, sucio, organizado, complicado.
Pero siempre debes hacer creer a la gente que ha sido un loco fortuito, alguien que trabajaba en solitario…
El autor quiere abarcar toneladas de información, y comprimirlas en su novelización de 877 páginas. Lo lógico intentando algo así, sería cagarla, pero no hablamos de un escritor con ínfulas. O sí, pero también tiene un talento muy concreto, uno de los que no puedes atar con correa.

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El texto está salpicado por todos lados de titulares de prensa, de transcripciones de llamadas telefónicas, y más transcripciones de lo captado por micros ocultos colocados por doquier. El clásico Nadie Confía en Nadie, llevado al paroxismo, que es lo que la realidad (que es lo que interesa A Ellroy) suele hacer con las cosas.
La narrativa avanza a mordiscos. Llamarlo minimalismo o ponerle cualquier otra etiqueta, haría que el autor te mirara muy mal. Ellroy no quiere darte un cálido abrazo de Estilo. Lo que quiere, digamos, es darte la puta información. Casi todo está contado como uno imagina un informe policial, incluso las partes relacionadas con sentimientos o líos de alcoba. Lo importante es avanzar, no frenar, no ponerse más “moñas” de la cuenta. Hay mucho que contar, años que abarcar. Obviamente, el saber que Ellroy no se limita a narrar e inventar, sino que está especulando con lo que pasó de verdad, hace que la frialdad constante del libro, lejos de repelerte, te impela a seguir, acumulando más mierda, más escenarios, más muerte, además del plan siguiente, que consta siempre en crecer de la única manera en que no sabe dejar de hacerlo el ser humano.

La colección de nombres y celebridades de la época no tiene fin, pero no voy a enumerarlos aquí. Ese es otro de los atractivos del libro: quién hizo qué. Sobre todo porque Fulano o Mengano te suenan, pero no sabes bien por qué.
Ellroy exprime el medio, pero a su manera, y si poetiza lo hace por defecto, y hablando del Infierno, lo que puede que sea la forma más honesta de hacerlo.

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A James no le gustas…

Última salida para Brooklyn

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Para empezar, una pequeña referencia, por si a alguien le ayuda a ubicarse. Hubert Selby (también conocido como Hubert Selby Jr), era la mente que había detrás de Requiem por un sueño, aquella película sucia y a la vez estilizada de Darren Aronofsky, que después de Pi eligió una novela del escritor de Brooklyn, ya de por sí un esteta (o antiesteta), con cuya adaptación hizo las delicias de quienes buscábamos algo contundente que llevarnos a la retina.
Servidor, aunque habiendo devorado la peli varias veces, no leyó esa novela. Con el tiempo, sí leí otra del autor, La habitación, de la que tengo el recuerdo de ser uno de los libros más crudos y salvajes que he leído. Última salida para Brooklyn desde luego no se ha quedado atrás…

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Requiem por un sueño

Selby aborda la decadencia, por decirlo así… Decir bajos fondos también se quedaría corto. Tampoco hablamos de gangsters estilizados de algún modo. Nada parecido a eso. Este libro junta retazos para formar una novela. Textos sobre hombres y mujeres que no viven, sino que están atrapados en su vida. La tensión siempre se masca, y muchas veces se hace evidente, explota y te empapa de sangre o mierda. La delincuencia es pan de cada día, la dejadez, la violencia (cualquier grado de violencia), los bares, el dinero fácil que no lo es.

La prosa del autor, como ya he dejado caer antes, es casi antiestética. Para describir la podredumbre, elige el lenguaje más sencillo posible, y narra a modo de flujo verbal imparable, sin dudar en hacer cosas como no poner comas o usar mayúsculas durante páginas enteras (que no acentúa). Notas en todo momento la sensación de urgencia, lees a toda leche, estás atrapado y a la vez asqueado y a ratos fascinado, y sientes un rechazo que a la vez es morbo, y una extraña sensación de reconocimiento (tienes mucho realismo delante). Esto es otra lectura de las que no se recomiendan en verano. Otra lectura de las que no es recomendable recomendar, a no ser que el recomendado se haga una idea de a qué se enfrenta.

Es imposible advertir de lo que se te viene encima con este autor. Justo ahora, que muchas veces la gente busca empatías extrañas, o que incluso los personajes de ficción les caigan bien, o hasta que sean un ejemplo a seguir (la gente también…), este libro hace justo lo contrario. No te dice que el Infierno esté en la tierra, sino que se limita a enseñártelo. Es probable que ningún personaje te caiga bien en modo alguno. No hay fisura por la que entre la luz. Hay desengaño, tedio, viejos de veinte años, ancianos de treinta, parejas con bebés que lloran desatendidos, y torturas, salvajadas tan extremas como lo es quien las comete, y la víctima. Hay seres humanos. Más que malos o buenos, de circunstancias.
Hay muchos escritores que hablan sobre los contrastes, sobre lo maravilloso y también lo terrible. A Selby sólo le interesa una de las dos cosas.

Mi edición es de 250 páginas. La lectura no ha sido fácil. No digo que no haya sido fácil por la temática o la longitud, sino más bien por uno de los capítulos, especialmente alargado. De todos modos, la sensación final es la de que este es uno de esos libros con mecha, dinamita literaria que parece pensada sólo para lectores de a diario. Esto sería veneno para un lector ocasional. Nadie que lea cinco libros al año (o uno en verano), debería probar con este autor. Aunque por otro lado, quién sabe; a veces esta clase de autores con los que hacen lectores de verdad, los que te dejan pasmado. Selby no intenta darte lecciones, no moraliza, no juzga a sus personajes. Sólo te muestra, y busca la narrativa más efectiva para ello. Es antiacademicista, provocador por defecto, una especie de mensajero llegado de las tinieblas, unas tinieblas desprovistas de elegantes cementerios góticos y preciosas tormentas.

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Hubert

El jugador

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He visto escribir el apellido de este escritor al menos de tres formas distintas. Dostoievski. Dostoyevsky y Dostoyevski. Y eso que yo recuerde. Con este autor ya tenemos problemas desde el nombre. No puedo imaginar lo que ha de ser para un profesor abordar la literatura desde ciertos ángulos.
A mí siempre me ganaron los crápulas. O no los crápulas, sino los crápulas que luego además eran capaces de hacer algo extraordinario, algo sólo al alcance de unos pocos. Dostoyevski (esta es mi opción) lo era. Quien no sepa de qué va esto en absoluto, o a quien no le interese en definitiva, debe imaginarse a un escritor ruso como algo de ciento veinte kilos, cubierto de pelo, encerrado en una habitación, y leyendo y escribiendo sin parar.
Pero lo cierto es que el autor que nos ocupa era cualquier cosa menos un ratón de biblioteca. Hace no tanto, leí un artículo muy largo de David Foster Wallace sobre cierto autor o historiador que había escrito varios tomos sobre Dostoyevski, vida y obra. Hay autores sobre los que ya escriben artículos sobre libros que hablan de sus libros.

Lo primero que leí de quien nos ocupa fue Los hermanos Karamazov. Quedé pasmado, no porque me gustara, que no era tan raro, sino porque además la narrativa era fluida. Temáticamente densa, pero nada abstrusa de abordar.
El jugador es el tercer libro que leo de él, el segundo fue Humillados y ofendidos. Y a estas alturas, creo que no debe existir algo así como una obra mediocre de Dostoyevski.

Según he leído, además tuvo que escribir la novela en un tiempo récord de tres semanas, y con la ayuda de una taquígrafa. Estaba arruinado, tenía la familia de su hermano recién fallecido a su cargo. Por obligaciones contractuales se vio obligado a escribir El jugador por las tardes, y Crimen y castigo por las mañanas…
Eso, al menos, es lo que dicen todas las fuentes, incluido el prólogo de mi ejemplar.

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El jugador es una novela corta. Y teniendo en cuenta el poco tiempo que había para escribirla, tenía sentido que su tema fuese el juego, la ludopatía más salvaje. Algo que marcó la vida del autor.
Curiosamente (o no), aunque el narrador se podría presumir un trasunto del autor, la obra se vuelca especialmente en otro, al que no describiré para no destripar. Esto va, como siempre cuando hablamos de este autor, del conocimiento del alma humana. Observación y reflejo. Pero de una forma al alcance de muy pocos, porque no solo se trata de Ver, sino de saber contar qué has visto, obviamente. Estas cosas que suenan tan simples, son las más difíciles de todas, cuando como escritor no puedes recurrir a efectismos, cuando no hay lugares comunes de género.
Podría haber quien dijera que esto es una obra menor, teniendo en cuenta de quién hablamos. Yo sólo diría que es más corta que otras, por razones meramente circunstanciales. La prosa sigue brillando, y quien tenga la costumbre de subrayar o marcar el texto, no va a poder hacer pausas fácilmente.

El jugador es una historia que, de una forma u otra, ya hemos visto mil veces. Otra vez el Cómo es la clave. Aunque sepas que es mejor no jugar a la ruleta, si no has leído este libro no sabes lo que era para Dostoyevski. Hoy eso es, en cierto modo, la única razón para leerlo, y la única que hace falta.

Feodor Dostoyevsky
Party time